Son gajes de la inocencia: igual no quería… pero ya lo ha conseguido. Joanna Newsom acaba de ser nominada para protagonizar aquella canción de Dylan. No, la idea no es mía. Roan Press publica estos días un libro-homenaje llamado “Visions Of Joanna Newsom”, donde diferentes artistas frotan con dedicación el halo del ángel arpista. Y como la magia mezcla de maravilla con la sugestión de cada uno, era de esperar que las reseñas de su tercer disco se echaran a sus brazos sin pedir nada a cambio. Dada la habitual proliferación de dieces, de Pitchfork esperaba más que un rancio 9.2. Las cinco estrellas del Mojo no las tenía tan claras. Lo que sí era evidente es que de nuevo me tocaba colocarme la toga de abogado maldito y aguafiestas. Lástima que David Foster Wallace no me pueda ya echar una mano. Seguro que se le hubiera ocurrido algo así –aunque mucho mejor dicho- como que estamos ante el Gran Tostón Impecable.

“Have One On Me” dura dos horas. Suficiente para empezar diciendo que los discos que se apuntan a semejantes proezas deberían llevar en su ADN la aceptación de una crítica –al menos- esforzada y más metódica. Ponerle velas al tercer disco de la Newsom sin apenas esbozar el riesgo al bostezo que asume, es un ejercicio de irresponsabilidad sólo perdonable por la peculiaridad de los fanatismos o un repertorio a prueba de oxidación, algo que incluso el propio artista ni debería agradecer. Pero centrémonos, que virtudes hay. Joanna Newsom consigue sin aparente esfuerzo que el brillo contagioso de su mirada avance hasta sus dedos, bailando sobre el arpa. Su música fluye, ni flota ni se enquista. Parece haberse criado entre prestidigitadores que le enseñaron cómo materializar lo fugaz de la belleza. Controla la magia del instante, pero no sabe negociar con la prosa del tiempo. No sé qué pasará cuando los primeros brotes del olvido vayan dejando al aire los esqueletos de sus canciones. Igual entonces sólo encontremos cenizas brillantes de unos días que no sabremos si realmente existieron o fue el sueño hipnótico al que nos empujó un desesperado deseo de darle esquinazo a la mediocridad.

En la música, tres más uno a veces no son cuatro, sino dos. Soy de los que piensa que este personaje de ficción gaseosa ya alcanzó el límite de sus capacidades en esa encantadora opereta que fue “Ys”. Alargar su sombra hasta las dos horas sólo parece un gesto épico llamado a provocar a final de año un redoble de tambores. A mí tal metraje en este caso no me parece ambicioso, sino redundante. Parece generalizado que eso de la “obra maestra” (hace tiempo que desecho la lectura de reseñas que contengan este término) en el pasado firmó una alianza con la herencia literaria más mostrenca: tochos donde todo y nada parecen lo mismo. No creo que “Rayuela” merezca más atención que “Casa tomada” ni acepto porque sí que “Un día perfecto para el pez plátano” no pueda coquetear delante de “El guardián entre el centeno”.  Creo que el atractivo de la Newsom –como el de Cortázar o Salinger- está en la distancia corta, no en homéricos peregrinajes a ninguna parte. Lástima que ella no lo considere un piropo. Porque “Have One On Me” no es su “Blonde On Blonde”, sino más bien la deluxe edition del disco perdido que Kate Bush grabó cuando era niña (es decir, nunca) en el país del Mago de Oz. El símil es claro: no nos queda otra que tragar a muerte con Kate Bush si defendemos “Have One On Me”.

Lo peor que le puede pasar a Joanna Newsom es que no le salga rival. Pero mientras lo esperemos, adivino ciertos cambios. Ha dejado de ser la niña embobada que se le caía la baba hablando de las estrellas de mar. También ha superado el gesto de estatua que se le quedó mientras compartía almohada con Bill Callahan. Igual son las ganas de salvarla de mis leones, pero la veo más fresca y graciosa a medida que compone mayores mamotretos. Y no me pregunten si el disco me ha gustado o no. ¿Qué necesidad tengo de ponerme tan tenso y ustedes de que les mienta?