Abreu, Crowley, PessoaEl último encuentro con Fernanda Abreu había sido en Río de Janeiro, el funk carioca sólo se escuchaba en las favelas y bailabamos en la cima del morro de Turano, junto a la Mangueira, con muchachos con metralletas y niñas de doce años con apretadas mallas. El mes pasado me reencontré con ella en Lisboa (actuaba en el Tivoli). Ya había salido hace tiempo “Arular”, el disco de MIA, y Diplo y Marlboro se habían hecho mundialmente famosos, respectivamente como productor y DJ: el sonido de las favelas ya ha dado la vuelta al mundo. Hablamos de los amigos comunes y luego me da los nuevos nombres que hay que oír (Sany Pitbull, MC Marcinho, Tati Quebra Barraco, Cidinho e Doca…). Fernanda me puso al día de la nueva moda en los morros. A saber: ahora las MCs son ellas. Cantan las chicas. Se anuncian como namoradas -novias- de tales o cuales chicos, y batallan en dos bandos: fieles versus amantes, siendo estas últimas las defensoras de la promiscuidad. Ellos miran, escuchan, sonríen tranquilos o sonríen preocupados.

Al día siguiente fuimos a comer a Cascais. Y allí nos conocimos esta rara historia. “No puedo vivir sin ti”, decía la nota. “La otra boca del infierno me agarrará, y no será tan caliente como la tuya”. Era septiembre de 1930, el Sol en Libra. La carta del famoso ocultista Aleister Crowley a su amante apareció junto a su pitillera en Cascais, a media hora de Lisboa, en lo alto del acantilado A Boca do Inferno. Parecía una nota de suicidio. De hecho esa muerte fue reportada en el “Diario de Noticias “y en el “Diario Ilustrado”, con la complicidad de un gran iniciado en el esoterismo, incluso confeso miembro de la Orden de Cristo, sucesora de los Templarios en Portugal. Este iniciado no era otro que Fernando Pessoa, que fue anfitrión del Mago durante un mes.

Scotland Yard no acreditó la hipótesis del suicidio. El autor de “Livro do Dessasossego” fue interrogado y su casa registrada. Allí le fue incautado un poema donde, de acuerdo a fuentes policiales, se daba cuenta de la sólida relación entre Pessoa y una misteriosa mujer. Y no solo eso: según podía leerse, el autor contaba en sus versos cómo él y su amada habían acogido como invitado en Lisboa a un tal Therión (ahora heterónimo de Aleister Crowley). El poema-diario se cerraba con una fatal revelación: el invitado había sido el mayor de los ingratos: había osado seducir a su amada.

Así que Pessoa tenía todas las cartas de ser un asesino. Y como tal hubiera pasado a la historia de no ser por la aparición, unas semanas más tarde, de Aleister Crowley en Alemania. Este explicó que en su ausencia se había fugado con una nínfula, y que por miedo a las habladurías, esta había decidido suicidarse lanzándose al Rhin. Huelga decir que nadie encontró el cadáver.