The Ex-ExploitedCuando estoy en Bangkok, suelo tomarme la última cerveza sobre la medianoche cerca de la guest house, en los aledaños del templo al oeste de Khao San Road. Al salir de la zona peatonal, doblas a la derecha sorteando la garita de policía, por cierto últimamente reforzada para prevenir atentados de cualquier índole –amigos del depuesto Taksin, musulmanes del sur, Al Qaeda, etc-, pasas la gasolinera cuyos surtidores se convierten por la noche en bar terraza, cruzas Chakkraphong, y giras la primera a la izquierda bordeando las paredes del templo, las cuales también a esta hora se pueblan de indigentes que han hecho de aquella destartalada acera –las raíces de los árboles levantan incluso los adoquines- su dormitorio.

Al adentrarte en el callejón, que se llama soi Rembutree, agradeces que mantenga los servicios turísticos de manera menos caótica que la famosa calle donde se gestó “La Playa” de Alex Garland. El desmadre de Khao San se convierte aquí en un discurrir tranquilo sin tanto ruido. Lástima que el gobierno tailandés –sobre todo tras la entrada en el poder de los militares- esté poniendo palos en las ruedas de la industria turística y las terrazas, antes ocupando la calle repletas de viajeros, ahora se han prohibido. En uno de estos baretos, el más guarro y viejo del lugar –Popiang House-, vi al Barça remontarle la final de la Champions al Arsenal rodeado de hinchas londinenses –y una pareja del Madrid, todo sea dicho- en mayo del 2006. Es un lugar increíble, que va cambiando a medida que pasan las horas: de los clientes ávidos de pescado a la brasa al entrar la noche se pasa a los conversadores mochileros y, ya en la madrugada, se llena de gente más turbia con representación nutrida de borrachos, putas y katois (lady boys).

Tomándome una de estas últimas cervezas estaba yo en noviembre del 2005 -¿o era diciembre?-, Concretamente una Chang con una rodajita de manao –limón- para rebajarle el deje amargo, compartiendo mesa con Pepa y Dirk, gallega y holandés con tienda en playa andaluza –él alojó a un entonces desconocido Kevin Shields en su casa de Holanda durante los primeros pasos de My Bloody Valentine-, cuando se acerca tambaleándose un guiri fortachón. Pinta típica: descamisado, mal afeitado y con el rapado del 90% de los británicos de mediana edad que pretenden disimular la alopecia. Entre la cogorza y su acento escocés cerrado, apenas intuyo el significado de un par de palabras de cada frase, de modo que procedo con toda la cautela requerible cuando me enfrento a una situación desigual: él está borracho y yo no, así que uno de los dos está en desventaja. Se trata de contemporizar y no irritarlo, y ya puestos en el lío, empezar a buscar una excusa conveniente para levantar el vuelo.

Si una cosa admiro de los sajones cuyo hígado ha sobrevivido a la adolescencia, es lo bien que mantienen el tipo en tan lamentables condiciones, hasta el punto de poder sostener una conversación aparentemente coherente. Ahora no recuerdo bien en qué punto del viaje andaba él –casi todos los viajeros alojados en este barrio están en tránsito, es lo que más me gusta de él-, si venía de Myanmar, Camboya o Laos, ni hacia dónde dirigiría sus inseguros pasos al día siguiente. El caso es que me preguntó el oficio –comerciante- y le pregunté el suyo: músico, me respondió, y también actor. Picado por la curiosidad –uno nunca sabe a quién se cruza en ruta-, le pregunté si tocaba con algún grupo. Efectivamente tocaba el bajo, en pretérito. Cuando me soltó el nombre, The Exploited, percibí con claridad el desgaste en cada una de las arrugas de su rostro mientras asentía a su pregunta. ¿En serio los conoces? Sí, claro –o no tan claro para él pues no llevo ni piercings ni tattoos-, colaboro en una revista musical española.

Paradójicamente en estas mismas fechas una versión licuada de The Exploited andaba de bolos por Europa, pero él estuvo tocando con ellos al principio, hace más de dos décadas. Se trata de Gary McCormack, y me contó, entre eructos y aspavientos, su andadura, sobre todo la última etapa de actor, con apariciones en “The Acid House” (1999), “Gangster #1” (2000), “Sweet Sixteen” (2002) y la más conocida “Gangs Of New York” (2002). `¿Sabes? Soy amigo de Irvine Welsh. Un día me confesó que algunas características de los personajes de “Trainspotting” se inspiraron en mí´. La cúspide y fin de la conversación llegó cuando se remontó a sus inicios con 16 años junto a Josef K. Les conozco, respondí, seguía de cerca la movida escocesa de Postcard Records, a los Orange Juice de Edwin Collins, a Paul Haig, etc. `¿Conoces a Josef K? ¿Me estás diciendo que conoces a Josef K? ¡No lo puedo creer! ¡He encontrado a alguien que conoce a Josef K! ¡No es posible! ¡Tú no conoces a Josef K!´ Y se levantó para proseguir, titubeante y zigzagueando, sin dejar de gritar en su jerga escocesa calle abajo: `¡Conoce a Josef K!¡Conoce a Josef K!´

Los recuerdos vuelven mientras estoy otra vez sentado en las sillas rojas del Popiang House. Han reformado una parte del local que apenas se ve, un trozo del tejado, pero no por ello ha dejado de transmitir esa cutrez tan suya. Estamos a finales de junio del 2007, así que el monzón ya ha hecho su aparición. Llueve por la noche, hay muchísimos menos turistas, y yo sigo tomándome mi última cerveza mirando a una calle ahora vacía. A mi lado dormitan tres o cuatro perros contagiados por la letargia de la estación de lluvias que lo ralentiza todo. Son curiosas las distintas perspectivas que se puede tener de Bangkok: cuando llegas por la autopista de nivel elevado, no haces más que asombrarte ante los centenares de rascacielos dibujando el horizonte; y sin embargo a nivel de calle sigue siendo una ciudad donde conviven el cemento y lo verde, donde la calidez y el sofoco se confunden, viva, tan pronto odiosa debido a un atasco como adorable mientras comes en la acera una de sus deliciosas sopas callejeras de fideos por medio euro. Mejor si es picante, claro.