Entretenedores y MesíasEstuve en el concierto de Paul Anka. Al aire libre, en un auditorio de Pozuelo de Alarcón, provincia de Madrid. Catorce músicos en escena, de los cuales la mitad eran vientos, canciones de casi todas sus etapas (por desgracia de sus discos en UA y de su vuelta a RCA en los 70 sólo cantó “Papa”), traje, corbata y chaleco, público de 60 años como media, algún que otro rocker despistado… Hacía tiempo que deseaba ver un concierto de cabaret tipo americano y me pareció estupendo. La orquesta comenzó con “My way” en plan fanfarria, cambio a “Diana” y apareció Paul Anka, todo sonrisas, en lo alto del graderío y fue bajando hasta el escenario entre la gente, saludando, dando la mano, cantando y mostrandose simpático y amigable con la gente que le había pagado por verle.

En las dos horas y media que duró el show, Paul Anka tocó el piano, la guitarra acústica, dirigió al grupo con batuta y cantó sin rubor temas conocidísimos que había compuesto cuando tenía 16 años, que lleva cantando desde hace 50 y con los que seguramente le cuesta identificarse a estas alturas. Varias veces se bajó a cantar entre la gente.

Me dejó impresionada: buena música, simpatía, canciones bonitas y, sobre todo, ganas de gustar. No lo había visto nunca. La era del rock nos ha acostumbrado a artistas arrogantes que, no sólo se niegan a hacer el más mínimo esfuerzo para gustar a su público, sino que considerarían un desdoro hacerlo. Son nuestros mesías musicales que no se rebajan a ser serviciales con su público. ¡No sea cosa que confundamos servicial con servil! Elvis Presley y los Beatles eran todavía artistas serviciales, los Rolling y Bob Dylan ya no.

El Mesías musical exige la adoracion de sus admiradores antes incluso de salir a escena. Normalmente, cuando aparece sobre el escenario, estamos todos en pie jaleándole y aplaudiéndole, seguros de que la mera presencia de su genio sobrenatural nos va a provocar la fenomenal catarsis que necesitamos para olvidar nuestra triste realidad. El Mesías musical se planta ante nosotros, orgulloso y altanero, nos muestra lo que sabe hacer (a veces es bueno, a veces, mediocre, sin que ello importe a nadie) seguro de que le adoraremos por ser él quién es: ese Mesías musical que va a salvar nuestras almas. La soberbia le pierde, pero a nosotros no nos importa: agradecidos, meneamos las cabezas al ritmo de su música, damos saltitos y empuñamos los telefonitos para guardar en sus memorias un recuerdo de aquellos momentos inigualables vividos en presencia del ídolo. También cantamos a grito pelado para que los de al lado (y el mismo ídolo si, por casualidad dirige la mirada hacia donde estamos) sepan que somos más devotos que nadie.

El entretenedor, en cambio, pertenece a una tradición más humilde, más antigua y más gentil, desde los años 70 es una raza en vías de extinción. Louis Armstrong y Diana Ross son entretenedores. Quieren gustar a su público e incluyen en su espectáculo todo aquello que creen que les va a servir para conseguirlo. Envueltos en su pose machista y mesiánica, los heavys de los 80 eran entretenedores que daban al público lo que quería ver. No lo han sido nunca los grupos progresivos, ni los punks. Mucho menos los aristócratas del rock. Me lo pasé muy bien viendo a Paul Anka y le agradezco profundamente sus atenciones para con nosotros, su sencillez y su humildad. De hecho, nunca había visto en escena a nadie de una escuela tan antigua, tan olvidada y tan absurdamente menospreciada.

Personalmente estoy harta de que me traten mal y me desprecien los de arriba del escenario, de que destrocen sus canciones y seleccionen el repertorio pensando sólo en no aburrirse ellos, de que salgan a actuar vestidos de patanes sin ningún esfuerzo para resultarnos agradables y atractivos. Estoy harta de que acepten actuar en salas donde no hay buenas condiciones de acústica, en festivales donde no se prueba sonido, en locales, cerrados o abiertos, donde se han vendido muchas más entradas de las que el aforo permite y donde no hay sitio para sentarse a pesar de haber pagado nuestros buenos euros. De horarios intempestivos, de teloneros que nadie quiere ver y de malos modales de porteros y seguratas. ¿Es culpa del promotor? Bueno, sí, pero el promotor sólo quiere ganar dinero, es el artista, que se presupone sensible, quién debería exigir respeto para su público igual que pide sus toallas negras y sus gominolas en el camerino.

Amigos, ha llegado la hora de rebelarnos contra esos todopoderosos tocados de la mano de Dios. Vamos a hacer desde ahora un sabio propósito de enmienda: nada de esperarles de pie expectantes y emocionados anticipadamente, tienen que ser ellos los que con su trabajo y su talento en escena consigan levantarnos y emocionarnos. No más aplaudir su mera presencia y su divinidad, si cantan bien se les aplaudirá, si no cantan bien, se les abucheará, como se había hecho toda la vida. Nada de llenar locales inmundos ni aguantar plantones de varias horas confiando en que su mera presencia nos liberará milagrosamente de las incomodidades físicas ¡Qué trabajen, que nos traten bien y se esfuercen, que para algo les pagamos!