The FramesCuando hablamos de música, la ascendencia irlandesa a veces puede suponer un inconveniente. Por un lado el alejamiento respecto de la megápolis musical –Londres- que lo fagocita todo. Tal vez porque son primos hermanos, nosotros desde aquí vemos Irlanda como parte de Gran Bretaña y sin embargo no es así. Y el dato más inquietante: desde la isla madre se tiende la mano a Irlanda como si se tratase del pariente tonto.Cuando un español hace un chiste, el pardillo es de Lepe; si lo hace un brasileño, es un portugués; si lo hace un holandés, se ríe de un belga. Y si lo hace un británico, esta variante deformada de racismo se vuelca sobre el irlandés. Cierto es que la ruralidad de Irlanda produce un índice más elevado de buenas e inocentes personas per cápita que el Soho londinense, pero desgraciadamente esto se traduce en un menosprecio implícito a las artes que vienen de allá.

De otro modo no entiendo la poca cancha mediática que se le ha dado desde siempre a The Frames. Es más, intuyo que buenos aficionados a la música apenas les conocen, un asunto cruel teniendo en cuenta sus años en el ruedo, el volumen de su discografía, y sobre todo sus cualidades. De hecho yo también reconozco mi ignorancia al no haber sentido interés por ellos hasta que en los albores de esta década se comenta que publican su álbum “For The Birds” (Overcoat 2001) con la inestimable ayuda de Steve Albini. La sorpresa cobra dimensiones mayúsculas al escuchar el primer corte del disco, un instrumental con piano, violín y guitarra que haría de buen separador en cualquier disco de Van Morrison. Empiezo a entender la relación con la subida de “What happens When The Heart Just Stops”: eso Low no se lo pueden aportar a Albini. Ni otro les puede crear a The Frames un sonido de guitarras de la gravedad de -¡qué bonita!- “Headlong”; ni las laceraciones de “Early Bird”; ni el contraste entre calma y furia, con la guitarra abrasándose en la misma hoguera imaginaria que “Santa Maria”. Para quienes aún duden y además se tengan por entusiastas de la primera etapa de Lambchop, se recomienda la escucha de “Living Me Wings”. Un juego de claroscuros donde se palpa el contrapeso dulce de David Odlum, guitarrista que dejaría el grupo para iniciar una carrera meteórica como productor. Glen Hansard, el alma de las canciones de The Frames (y actor ocasional, como en “The Commitments” de Alan Parker), se quedaba solo con el violinista Colm Mac An Iomaire de la formación inicial. Habían empezado en 1990 y su primera grabación “Another Love Song” (1992) vino avalada por el mismísimo Gil Norton. Después, con distintas alineaciones, grabaron “Fitzcarraldo” (ZTT 1994) y “Dance The Devil” (1999).

La introspección de los tramos suaves de “For The Birds”, que podían inspirar comparaciones con Talk Talk, queda en segundo plano con la publicación de “Burn The Maps” (Plateau 2005). Entre ambos editaron un directo en 2002, “Breadcrumb Trail”, y un disco de material sobrante en 2003, “The Roads Outgrown”). Es un trabajo cuidado hasta el más mínimo detalle, plagado de crescendos en su punto justo, que esquivan la sobreactuación y las falsas pasiones pero al mismo tiempo golpean donde duele. Pocas composiciones encontramos en el mercado como “Sideways Down”, con su equilibrio y sus arreglos: música hecha con materiales nobles u no menos noble espíritu. Aún les queda la fiereza heredada de Albini –siempre matizada por Odlum-, como en “Underglass” o en “Dream Awake”, ésta más cercana –en su mezcla de intimismo y desgarro vocal sabio- a Afghan Whigs. Y las pinceladas electrónicas –percusiones actualizadas, la escarcha de teclados de Radiohead- de “Ship Caught In The Bay”, zozobrando en el mar de los sentimientos.
Cuando escucho los cinco primeros minutos de su nuevo álbum “The Cost” (Plateau 2006), los que corresponden a “Song For Someone”, me entra de nuevo la rabia: que Kasabian, The Killers o Kaiser Chiefs (parece un chiste del KKK) acaparen ríos de tinta y páginas infinitas en la prensa mientras The Frames merezcan apenas una corta reseña –en algunos medios ni siquiera eso- me parece terrible como aficionado a la música. Cierto, los grandes tampoco hicieron caso a la fase inicial de Lambchop –referente otra vez de “People Get Ready” y “Rise”- y bien que Kurt Wagner supo manejar -gracias a que su talento no se secó demasiado pronto, todo sea dicho- la nave hasta lograr una relativa popularidad merecidísima. Pero Lambchop son norteamericanos y andan más lejos de las oficinas de la editora de revistas IPC, del New Musical Express y del Uncut que The Frames.

Volviendo a “The Cost”, la madurez sabia –la que transporta en el momento justo y sabe cuándo acelerar y cuándo frenar- tarda un poco en percibirse, tal vez porque yo personalmente esperaba un producto más espectacular y me encuentro acotado por una colección de simples canciones, pero a la altura de “True”, tras la dramática secuencia de acordes de “The Cost”, hay que rendirse a la evidencia de esta interpretación vocal toda pasión con la garganta propulsada por el arpegio y los coros: puede ser una de las baladas de tu vida. Para colmo le sigue “The Side You Never Get To See” en el más fecundo estilo Richard Hawley y te revienta los sentidos. The Frames, un placer selecto.