Dakar sin pase de backstage

Vísperas navideñas de 1996. Paseo con mi esposa y mi hijo, entonces de ocho años, por el centro de Dakar cuando, en la orilla este de la plaza de la Independencia, una mujer desde un taxi en marcha me avisa de que uno de los vendedores ambulantes que nos atosiga es carterista. Nos deshacemos de él con buenas maneras mientras caminamos hacia el palacio presidencial, donde otro transeúnte espectador nos aborda para comentar la jugada ocurrida minutos atrás. Dice que es músico y, cuando le insinúo que colaboro en una revista musical española y hace pocos meses he entrevistado al dios local Youssou N´Dour, se le iluminan todas las partes de la cara que no son negras. Nos dice que cerca de allí esta noche hay un concierto importante de música de Mali, así que doblamos a la derecha por el boulevard de la Republique y minutos después estamos delante del teatro Daniel Sorano.

Con toda la naturalidad del mundo mi nuevo amigo me pregunta si quiero conocer a los músicos. Aún estoy pensando una respuesta cuando, después de entrar por la puerta del callejón, me encuentro sobre el escenario asistiendo al ensayo de Toumani Diabate. Me había llevado de la mano un desconocido sin atravesar ningún control ni barrera, como si el hecho de ser músico en África significa más que nunca ser parte del pueblo. Toumani me atiende cortésmente, lo que me anima a pedirle unos minutos después del concierto esta noche, pues mi grabadora está en el hotel. Frunce el ceño aunque, como buen africano, es incapaz de tener un no. Al parecer vendrá parte de su familia de Mali, así que prometo ser breve, entre otras razones porque, una vez marchado el público, cuesta mucho encontrar un taxi a medianoche en una ciudad entonces peligrosa como Dakar.

Al salir del ensayo tras comprar una entrada –mi familia ha decidido quedarse en el hotel- proponemos a nuestros amigos –a estas alturas ya eran dos- ir a un bar y tomar unas cervezas. Nos van dando largas mientras seguimos rumbo oeste alejándonos del centro. Ya en los arrabales, nos invitan a entrar en una casa con paredes de ladrillo visto no terminadas y ventanas sin cristales, cuyo elemento más importante era el menudo radiocasette requeteviejo en el suelo. De una nevera que ni me atrevo a describir sacan tres cervezas y una cola. Las bebemos mientras escuchamos callados la música brotando viva desde el equipo de sonido peleón para transmitir la alegría al resto de un barrio donde, sospecho, la electricidad había llegado a cuentagotas. Al final salimos de allí casi por piernas tras una discusión acalorada: nuestros buenos samaritanos no eran tan buenos cuando nos pidieron más de mil pesetas de las de entonces por cuatro consumiciones. Pero ésta es ya es otra historia: el trato o maltrato a los blancos en África daría para un extenso artículo aparte.

Aquella noche, el vestíbulo del Sorano era una orgía de colores. Si los hombres vestían con elegancia exquisita, sus acompañantes, señoronas de la jet set de Dakar, deslumbraban con sus vestidos de telas brillantes a juego con el bolso y el pañuelo de la cabeza. Una velada de alto copete en torno a un concierto repleto de estrellas que desfilaban –la más aplaudida, Kandia Kouyate– por la orquesta de Diabate. Y no se trataba de escupir los éxitos comerciales sino de revivir las verdaderas canciones populares de sus culturas implicando al público, que coreaba, pedía cosas y tiraba monedas. Como colofón, subió a escena Youssou N´Dour para demostrar que estaba allí, en este preciso acto social ante la burguesía local que había pagado mil pesetas para entrar, y que su concierto del día siguiente llenaría un campo de fútbol con su público de verdad, el que no para de bailar, viste con chándal y a duras penas ahorra para comprar la entrada de doscientas pesetas o su por aquel entonces nuevo y fantástico trabajo “Lii!”, una colección de ocho canciones solo disponibles en casette – el mercado africano funcionaba en este formato- que se escuchaba por todas partes y mi hijo no tardó en aprender.

Al terminar el concierto me levanté del asiento con la firme intención de subir al escenario para entrevistar a Toumani. Una muchedumbre se arremolinaba alrededor del músico cojo, gentes amigas, residentes en Dakar o que habían viajado muchos kilómetros polvorientos para presenciar el acontecimiento. Percibí que no es de recibo que un periodista caprichoso exigiendo promesas se entrometa y estropee la magia del momento, así que, después de la pausa meditada, enfilé el pasillo en la dirección correcta, la que pone “sortie”, siguiendo al resto de asistentes. Permanecí un par de minutos en el vestíbulo pues deseaba contemplar juntas por última vez a las grandes y hermosas damas negras con sus trajes de telas preciosas. Con un ojo en ellas y otro en la puerta: mal asunto si me quedo sin taxi.

Postdata: Por cierto, hay buenos discos africanos que no se publican en Europa, creo que porque hay pocas discográficas emprendedoras que crean en el producto. Además al ser discos muy cortitos no los ven comercialmente atractivos. Eso para los africanos que no tienen contrato con las grandes. El caso de gente como Youssou es distinto: la multinacional cree que el producto no se adecua al paladar blanco y en el mejor de los casos, como con algunas canciones de “Lii!”, las camufla entre una colección de canciones expresamente diseñadas para Occidente (instrumentación y esquema rock, sobre todo si el artista ha conseguido hacerse un nombre y una pasta más allá de su mercado con alguna pieza tipo “7 seconds”). No creo que sea una decisión de Youssou, a él seguramente le encantaría que su verdadero pop llegase a todos los rincones del planeta.