Il DivoCuando se apagaron las luces, los finos ya habían empezado a hacernos efecto. Vimos cuatro plataformas circulares. En una de ellas estaba la orquesta. Todo titilaba. El director parecía finalista de un concurso regional de dobles de Luis Cobos. En la plataforma más alta había un cilindro de tela de varios metros de diámetro que llegaba hasta el cielo. Con el último CHAN, la seda cayó. Dentro estaban ellos cuatro. Mar de flashes. Océano de móviles al aire. Griterío. Acababan de cumplirse simultáneamente 12.000 sueños. A nosotros tres nos hicieron sentar. Decían que molestábamos a los de atrás. Pero detrás sólo estaba la puerta. No entendimos.
Era una hora “prudente”, como corresponde a un concierto de Il Divo, pero Jesús, Maroto y yo habíamos empezado hacía un buen rato. Los alrededores del Palacio de Deportes están llenos de bares donde camareros con chaqueta blanca te dejan pedir algo. Jesús, en realidad aficionado a los sonidos guitarreros, no respetaba estrictamente el dress code -náuticos, loden, anclas, pinzas, mariconera, rebequita, privata, emidio tucci– pero iba elegante en un sentido, digámoslo así, kikoamatiano, casi como un mod de antaño. Lucía el pin-garbanzo que te dan por consumir en ese bar cercano que se jacta de servir el mejor cocido de Madrid. Maroto, no tan prolijo y algo más atolondrado –hablamos de un hombre que la semana anterior intentó copular con un enano de jardín ante la mirada aterrada de los que ya casi son sus suegros- parecía ansioso por que nos partieran la cara:
– ¡Podrían aplaudirme a mí, que me levanto todos los días a las 7 de la mañana!
Me vino a la cabeza ese personaje teatral de La Boda de Ana y Alejandro, que, en la hora de las confesiones, contaba su fantasía dorada: sobrevolar las nubes en un jet escuchando a Andrea Boccelli. Nosotros teníamos delante a David, Sebastián, Urs y Carlos: a Il Divo, último fenómeno del pop-operístico. Existe desde tiempos austrohúngaros la idea de que la ópera marca a las claras las diferencias de clase. ¿De ahí que de vez en cuando aparezca alguna propuesta de sonido equívocamente culto y repertorio netamente popular, o viceversa? Hace 25 años ya había proyectos que iban del anónimo Hooked on Classics a los deliciosos delirios de Bach-por-moog a cargo de Walter Carlos (luego Wendy Carlos: se operó). Más recientes son las experiencias de Pavarotti, Domingo y Carreras, Vanessa Mae, Sarah Brightman… Siempre hay algo así humeando en las FMs de Occidente.

¿Estaría por allí Alejandro Agag, como en la obra de Animalario? Preguntamos por la zona VIP. No teníamos pase, pero nos sentíamos capaces de convencer a quien fuera. Maroto había leído en la web del cuarteto que regalaban un llavero y un póster. Pero nadie nos decía nada de un área reservada. ¿Y una zona de prensa? Tampoco. ¿Y…?
– Tampoco.
Vale. Curiosos por ver qué merchandising traían los apuestos tenores, acudimos al puesto más cercano. Atendía una guapa chica argentina. De San Miguel, ciudad satélite, a 30 kms de Buenos Aires. Le encantaba su trabajo, que Maroto tasó rápidamente y por lo bajo: “Esta gana 600 euros al mes”. Le preguntamos por algunos precios que sin duda debían estar mal escritos. ¿Una bandana, 50 euros?
– Es seda.
Poster, ¿35 euros?
– Va firmado.
Etiqueta de maleta, ¡20 euros!
– Es cuero-cuero.
¿Fustas no hay?
– No. Lástima.

Entramos al primer anfiteatro con la segunda ronda de minis de cerveza -asombroso: con alcohol- en nuestras manos. Todo el público estaba sentado. Señoras acompañadas por señores algo abochornados y victoriasbeckham de la periferia capitalina comiendo palomitas y perritos. Mayoría femenina. Abajo, por el patio de butacas, circulaban unos tipos con una aparatosa mochila roja de la que salía una larga antena con una luz roja parpadeando. El modo en que patrullaban por los pasillos recordaba a los muñequitos que te comían en el Pacman. Inmediatamente me convencí de que buscaban bombas. Pregunté a unos tipos con chalecos reflectantes qué hacían “esos compañeros suyos”. Me contestaron con una pregunta:
– ¿Quién es usted?
“Soy periodista”, contesté con orgullo y mi moleskine bien visible. Me dijeron algo, otra vez no entendí qué, pero mal. Después me ignoraron. Maroto me hizo ver que aquellos hombres eran municipales. Decidimos ver el concierto desde el pasillo, por el ojo de buey.

Jesús señaló lo del acento de los miembros del grupo. Era como si a los miembros del cuarteto –un español, un suizo, un estadounidense y un inglés: como de clásico chiste español- se les hubiera vetado su pronunciación original. Nuestro compatriota, qué fatalidad, competía por ser el más odioso: “A ver… ¿cuántasss os habéisss enamorado alguna vetsss, hehehe?” Imaginé una lluvia de gatos. Entramos de nuevo. Nos hicieron sentar. Quise estar de pie, pero el de seguridad no entraba en razón. Maroto me calmó. “Son 600 euros. Déjalo”.

Sonaba “Noches de blanco satén”, y lo de abajo era un mar de cabecitas tranquilas. En la primera fila había dos señoras agitando sendas banderitas de barras y estrellas. Frente a ellas, una mujer limpiaba el foso con una fregona. Minutos después descubrí algo: los de las mochilas rojas no desactivaban bombas. Vendían Mahou.

Jesús comenzó a acusar, entre otras desesperaciones, la del no fumar. Intentamos salir con permiso para volver a entrar. Un portero no nos quiso dejar –Maroto: “¡Malditos 600 euros!”-, pero el de al lado sí. Y Jesús pudo fumar. Vimos terminar el concierto sin haber escuchado “Yesterday”, lo que no quiere decir que no la cantaran.

Nos fuimos a un oscuro pub donde bebimos de una copa gigante con forma de volcán y luego a un sitio pijo donde una jovencita me tiró encima un dry martini entero (pérdida que amorticé llevándome la copa). Maroto fue al cajero a por dinero, marcó mal y en vez de sacar 30 euros sacó 300. En busca de la terraza-bar de un hotel céntrico, nos perdimos por los pasillos del hotel en pos de la azotea. De un cuarto de la limpieza, robamos una escoba y otros artilugios de limpieza que abandonamos caprichosamente por los pasillos. En una de estas Maroto corrió para coger el ascensor, pero Jesús y yo ya estábamos dentro y las puertas se cerraron. Reconózcanlo: hay cosas que tendrán gracia toda la vida, y esta anécdota es una de ellas. Y de paso: adivinen qué música estaba sonando en el ascensor.

Este artículo fue publicado en el suplemento “Cultura (s)” de “La Vanguardia” el pasado 24/10/2007.