The NationalLas convicciones sirven para ser defendidas y no abandonadas en los momentos de duda. Poco importa el nivel fashion de tu artista favorito, siempre que sea tu artista favorito de verdad. Lo que importa es que te llegue, que transmita. Y que, mientras lo consiga, ya puede el mundo girar alrededor de la última superstar de lamé y tinte rubio: tu sensibilidad SIEMPRE ha de estar por encima del aparato mediático.

Supongo que solo gracias a unos seguidores aplicando esta máxima han podido sobrevivir The National la primera mitad de esta década (al principio como American Mary: su web sigue llamándose así). Formados por dos parejas de hermanos –Aaron y Bryce Dessner, Bryan y Scott Devendorf– más un compositor cuyos textos multiplican su efecto transmisor gracias a su barítono –Matt Berninger-, irrumpen tímidamente con el álbum “The National” (Brassland 2001), colección titubeante donde ya se perciben las claves de su fórmula: el entorno enfebrecido (título aparte, “Cold Girl Fever” destila sudoración), los tiempos medios tensos e intensos (“Son”), la mezcla entre lo fácil y lo trascendente (acordes country pop tipo Stones relajados pero con coros descargando intencionalidad Cohen en “Pay For Me”), la pedrada lírica contundente (“Theory Of The Crows”: `si te olvido a ti no tengo a nadie más a quien olvidar´) y la magia de la desolación (estilo minimalista estilo Damien Jurado, Johnny Cash o cóctel de ambos, como “29 Years”).

La persuasión lenta del álbum ha alcanzado Europa gracias en parte al esfuerzo de la discográfica francesa Talitres, que nos acerca su segundo álbum “Sad Songs For Dirty Lovers” (2002). En él ya se fijan las coordenadas definitivas, con vértices en American Music Club –la nocturnidad y proximidad vocal guarda parentesco con Mark Eitzel- y –por la presencia en tono y fiereza, además del título- Afghan Whigs. El arrebato torrencial al final de “Slipping Husband” –con mención al grupo de Greg Dulli-, la furia a duras penas contenida, las guitarras como cuchillos empuñados por la sección rítmica de “Murder Me Rachel”, la línea facilona onda “Sugar Sugar” hábilmente pervertida en “Trophy Wife”, etc etc. Por cierto, una versión estruendosa en directo de “Murder Me Rachel” se encuentra en el por otro lado tranquilo mini álbum “Cherry Tree” (Talitres 2004): matices acústicos sobrecogedores –la orquestación de “About Today” a cargo de Padma Newsome– dibujando un intimismo de humo y madrugada.

Tal vez nunca The National consigan una obra pluscuamperfecta, pero “Alligator” (Beggars Banquet 2005) pone el listón a una altura considerable. Como siempre, la calma chicha aparentemente reinante nunca eclipsa la tormenta acechando en el horizonte (`I had a secret meeting in the basement of my brain´ dejan caer en “Secret Meeting”). El tono nasal neoyorkino patentado por Lou Reed se impone en “Karen” con la viñeta bien dibujada (`Karen, fóllame…entre pájaros negros rodeando la cama y plumas negras cayendo a sus pies´). Y de pronto, en “Lit Up”, la tormenta que descarga entre toneladas de furor. Como un tornado que te succiona, te revuelca y te aplasta en décimas de segundo dejándolo todo –tu interior- devastado. Apenas unas canciones para que te repongas –es un decir: “Baby, We´ll Be Fine” musita un `I´m so sorry for everything´ con una culpabilidad digna de Mark Eitzel– antes de volver a la carga con el bajo y la percusión arrollando: “Abel” es sencillamente la hostia. Al igual que Nick Cave, te devuelve, tengas la edad que tengas, las ganas de luchar: Es lo bueno del rock, ese momento en que dejas de ser tú con los lacrimales a punto de estallar.

Gracias al aliento de una discográfica comprometida como Beggars Banquet, The National se sitúan en una posición mejor para competir a través de una mayor exposición mediática. “Boxer” (2007) está pensado en clave sobria, como un “Alligator” contenido sin la abrasión de “Lit Up” o “Abel”. Rock adulto que conmueve sin empalagar: la trama de piano inicial que súbitamente se desflora con la percusión de “Fake Empire” solo se consigue con los años. Es un brío, como el del vino añejo, inmarchitable, conseguido con menos caña y más sensibilidad (colabora Sufjan Stevens). Ahora mismo los estribillos de todas las canciones se confunden en mi mente, todos paridos por el mismo corazón. Su latido se puede palpar en la combinación de guitarra y percusión de “Brainy”, su lamento en el estribillo de “Squalor Victoria”, su grandeza (“Guest Room”) y su fragilidad (“Start A War”). Es un disco más nocturno y Tindersticks, algo que no cotiza demasiado en estos tiempos –si acaso el punto de gravedad de los Editors del primer álbum tratando de emular a Joy Division– y que puedecondenar a The National a tener que tomar –para sobrevivir- la senda de las bandas de estadio. Afortunadamente a día de hoy no se vislumbra tal posibilidad, así que disfrutemos de la hermosa tensión de su música.