Spiritualized18 de noviembre de 2007. Me salvo de un grave error: ir a ver a Hugh Masekela a una conocida iglesia del Uptown de Nueva York en vez de Spiritualized –con un cuarteto de cuerda y un coro gospel- al Apollo Theatre, en Harlem. Nótese lo profano de ambos espectáculos: Suráfrica gótica por un lado, indie británico en el templo del gospel por el otro. Como digo, me decanté por lo segundo. El Apollo es lo que uno espera de la leyenda (no hay mito de la música negra que no lo haya demostrado aquí), es decir, un fastuoso teatro rojo con una inmensa lampara en el techo, un gran mezzanine como una espléndida mandíbula inferior, y dos galerias de palcos. Puedes beber alcohol y comer las mismas porquerías que te venden en los cines. Una voz grabada como la de Vincent Price recuerda brevemente la historia del lugar desde 1959 y avisa del comienzo del espectáculo.

Abrio Simple Kid, irlandés, hombre orquesta salvado por el laptop. A la hora de explicar como suena hay que hacer notar el influjo Beatle (concretamente Come together y Walrus). Tambien le va Dylan, o mejor dicho, recuerda a Beck cuando Beck dylanea. El Chico Simple fue a más. Paso de ser una verdadera lata a tocar el cielo por momentos. Aprovecho la pantalla para proyectar los visuales mas austeros que puedas imaginar (el dibujo de las ondas de las pistas que llevaba grabadas: orquesta, batería, guitarras…) y también para marcarse un dueto (muy logrado, la verdad) con la mismísima Rana Gustavo, capturada y expuesta allí. En el escenario Simple Kid tiene algo entrañable y también algo inexplicablemente infantil y cabrón. Le pega tocar en un teatrito de guiñol, apareciendo entre las cortinas. Tal vez la prensa británica (y luego la nuestra) le conceda su cuarto de hora glorioso en una temporada floja. En tal caso, os recordaré que yo le vi antes.
Vino el intermedio. Lo aproveche para comerme un plátano del rácimo que había robado de un centro de frutas en la inauguración de la feria de arte latinoamericano (muy anunciada por todas partes en la ciudad) y que luego fui abandonando, en warholiano homenaje, en distintos puntos inspiradores.
Poco despues salio Jason Pierce, aclamado por un público blanco e indie a la usanza británica, que sucumbió (todos lo hicimos) a algo que desde el principio tuvo tintes de ceremonia religiosa (aunque la cosa no impidió que buena parte del respetable estuviera toda la noche pendiente de su blackberry). Pierce dispuso a los musicos como un óvalo de acuerdo a la forma del escenario. El delante y de perfil, a la guitarra. Su espejo era el teclista y armonicista Thighpaulsandra (creo que era él pero no he podido comprobarlo). El concierto fue absolutamente maravilloso de principio a fin. ¿Spiritualized en el santuario del soul? La hondura de sus canciones encuentra una alianza natural con el gospel –música que, en estado puro, odio a muerte: representa al buen africano se ha convertido al cristianismo y lo canta extático- y lo que resulta es de una hermosura embriagadora. Lo más notable es que su música es realmente de sentimiento gospel. Canciones que hablan del ahogo y la ulterior necesidad de creer. Fe y libertad. La plegaria: el derecho y la necesidad de echarse a los pies de alguien o algo amado y superior.
Jason estuvo más que bien de voz, su compañero brilló menos al piano que a la armónica, que sonó mas alta y ponderosa; juntos, con el cuarteto de cuerdas (cello, viola y dos violines) y con el coro, lograron que las canciones, hermosas y tristes, parecieran siempre una misma cosa sin que esto llevara a una sensación de monotonía, sino más bien a la percepción de una única sinfonía de movimientos melancólicos. Todo eran mujeres en el escenario, por cierto, a excepción de los dos hombres de las gafas negras, que parecian dos Gallaghers buenos, creyentes y temerosos de Dios. No dijeron una palabra que no formase escrupulosamente parte de una canción. Bueno, sí, al final: “thank you”. El publico les hizo volver, y ellos lo hicieron con un apropiado “Oh happy day”.