Patrick WatsonPatrick Watson es uno de los personajes del 2007, con dos productos destacables. El primero, su colaboración en el álbum “Ma Fleur” de una The Cinematic Orchestra liderada por Jason Swinscoe. Su aportación consistió en voz (dos canciones), piano y voz (dos canciones) y piano (en la laureada Breathe junto a Fontella Bass). El otro artefacto que le va a llevar a los altares es el tercer trabajo bajo su nombre y el grupo que le acompaña. Si alguna pega hay que ponerle a “Close To Paradise” (Secret City, 2006) es la espectacularidad de su arte y lo que ello conlleva. Es de pegada tan fuerte e inmediata que arrastra incluso a los menos acostumbrados al rock del nuevo siglo, ésos que adoraron la voz de Antony cuando Nina Simone había estado toda la vida ahí, en el cajón de las rebajas. Un disco de los llamados atrapafantasmas.

Pero el gran referente vocal y emocional de Patrick es sin duda Jeff Buckley, hasta el punto de recordarlo aquí canción sí y canción también. No consigue su dramatismo porque carece de un currículo tan vendible –no tiene un padre llamado Tim Buckley que lo dejase tirado, sino que viene de una tierra de gente buena y modesta como Canadá– y sus influencias de adolescencia, en vez de Led Zeppelin, se basan en una educación de piano clásico desde los siete años (y menos mal que no es británico ni va de niño prodigio, ya que estaríamos hablando de otro caso rayando el over the top como Guillemots). Aquí va una pequeña guía canción por canción para contribuir a situar el fenómeno Watson.

Close To Paradise. Choca la entrada aletargada con unas guitarras apoyando el piano que parecen hijas del álbum “Wish You Were Here” de Pink Floyd.

Daydreamer. Primera lección de cómo combinar piano y electrónica en los tiempos que corren. Todo parece normal hasta que surge la voz subiendo y bajando y empiezas a pensar que los milagros existen y que Jeff puede haberse reencarnado. Las guitarras siguen arrastrándose por detrás para dejar otra vez la voz a solas con un banjo durante unos segundos explayándose –ya da un giro Antony– en un acto de fe y blues.

Slip Into Your Skin. Segunda lección de piano más electrónica. De desarrollo inmaculado, lenta, con escobillas, la pieza entra de lleno en el corazón del álbum decantando la balanza hasta convencer a los más desconfiados.

Giver. Fluye a flor de piel, con las cuerdas cediendo a un piano de la más pura escuela Beatles. El pop del séptimo cielo.

Weight Of The World. La cacareada influencia de Tom Waits queda patente en este tema torturado y portuario, con acordeón, vientos y marchamo onírico.

The Storm. Hemos entrado en la fase menos personal del disco, con una incursión en pantanos acústicos que acaban chirriando dulcemente gracias a los coros femeninos.

Mr Tom. Instrumental con base de piano mediterráneo y efectos electrónicos que algo le debe a los Montgolfier Brothers iniciales.

Luscious Life. Título clavado para la interpretación sensacional –sí, luscious, deliciosa- del disco. Las comparaciones con Buckley o Antony no son vanas. Simplemente se sale.

Drifters. Si hubiese que descartar una, sería ésta.

Man Under The Sea. La perspectiva del blues según los Beatles de “Abbey Road”.

The Great Escape. Casi tan imponente como “Luscious Life”, desde el piano anunciando algo serio hasta la voz poniendo los pelos de punta y un tururú tipo “Walk On The Wild Side” para que jamás la olvidemos.

Sleeping Beauty. Trucar una voz como la de Watson me parece una aberración, aunque sea para situarla en el contexto de los arreglos. De hecho lo único que consigue es realzar la canción final.

Bright Shiny Lights. Un cierre tan sencillo como eficaz; dos minutos de espiritual como medicina naturista para todos aquellos que dudásemos buscándole las costuras sintéticas. Tal vez Patrick Watson no sea totalmente original y deba algún día pagar el tributo de sus deudas, pero mientras siga pariendo música de igual belleza que la de este disco, nunca cabrán objeciones. Mejor que Rufus. Mucho mejor.