Sur de brasil

Diciembre 2004. Aterrizaje madrugador en Guarulhos, uno de los dos aeropuertos importantes –ya hablaremos del otro, Congonhas– de Sâo Paulo. Tras encajonar las mochilas en el maletero del taxi, procedo a sentarme en el asiento delantero y, asunto prioritario concerniente a la seguridad –más que abrocharse el cinturón-, a levantar el cristal hasta dejar cerrada mi ventana. “¿Qué hace?”, me espeta el a estas horas ya sudoroso taxista. “Pues evitar que algún crío en cualquier semáforo meta la mano y se lleve algo. Como siempre”. Me miró con cara que quería aparentar estupefacción sin conseguirlo del todo. “¿Cuánto hace que no viene por aquí? Ahora Sâo Paulo es bastante seguro, los problemas los tienen en Rio De Janeiro. No se aflija y baje el cristal”. Al parecer, todo depende del prefeito de turno y de su voluntad política a la hora de implementar más o menos medidas en favor de la seguridad ciudadana.

Aquel día transcurrió callejeando por la megápolis, desde el casco más o menos antiguo cercano al hotel (el Itamaratí) en la zona de la praça da República a través de praça da Sé girando a norte, hasta pasada la estaçâo da Luz y la zona de mayoristas de ropa. Ante la aparición de la lluvia tocó refugiarse en un shopping de barriada chic y capear la tarde destemplados dando tumbos por la célebre avenida paulista. Cenar pronto y a la cuna: el día siguiente se presentaba duro pues el autobús que debía cubrir los cuatrocientos kilómetros y seis horas que separan Sâo Paulo de Curitiba partía a las siete de la mañana.

Hachazo al jet lag

Curitiba, capital del estado de Paraná, es una ciudad aseada con fuerte implantación de la cultura europea, básicamente alemana, de calles limpias, servicio de transporte público impecable –las paradas de bus son grandes cilindros de metacrilato transparente para proteger de la lluvia, con una apertura justo coincidiendo con la puerta del vehículo- y una atmósfera sosegada envidiable. Turistas y fauna local van a parar normalmente al anochecer al largo da Ordem, una calle colonial empedrada más bien corta y de pendiente suave. A ambos lados se encuentran los locales más concurridos de la ciudad. Decidimos cenar en el más famoso –por deducción: era el más concurrido-, una cervecería del más puro estilo alemán llamada Schwarzwald, con mil y una salchichas y tipos de cerveza, frecuentada por estudiantes, destacando chicas rubias y altas similares a la Bundchen que impresionaban aún más subidas en los zapatos de plataforma con suela de corcho tan rabiosamente actuales entonces (Brasil en moda es precursor: año y pico después llegaron a España). Entonces ni yo tenía idea de las fiestas de funk curitibano Big Mutha, ni Bonde Do Rolê se habían formado aún. La curiosísima estructura interior del modesto Hotel Maia nos dio cobijo aquella noche.

El paso por Curitiba obedecía a una de las atracciones turísticas más relevantes de Brasil: el viaje en tren que desde Curitiba baja a la costa y durante una mañana larga te tiene boquiabierto ante el verdísimo paisaje de montaña sub tropical, el trazado dramático y el ambiente colonial. En aquellos días sin embargo el trayecto no terminaba en el puerto de Paranaguá sino un poco antes, en Morretes. Como corría el rumor que la famosa ilha do Mel tenía sus aguas contaminadas por una plaga de algas rojas, empezamos el periplo playero en un pueblo adormilado llamado Matinhos y fuimos descendiendo rápidamente hacia el sur empujados por interminables días de lluvia. Tras pernoctar en Sâo Francisco Do Sul, otro puerto –ya en el estado de Santa Catarina– con aires de época que bien podría pertenecer a la costa del Cantábrico –genial la vista desde las habitaciones del hotel Zibamba-, por fin encontramos el sol en la praia Da Armaçâo –cerca de Penha donde deshicimos el equipaje entre comidas y cenas basadas en la muy recomendable –en calidad y precio- producción regional: las ostras.

Seguimos el descenso obviando Balneário Camboriú, enjambre turístico fraguado en cemento vertical, y deteniéndonos en la península dominada por Porto Belo cuyas playas más renombradas son Bombas y Bombinhas. Tranquilidad absoluta pero ya a punto de transformarse con la llegada de las fiestas navideñas, pistoletazo que anuncia las vacaciones estivales cuando hordas compuestas por millones de brasileiros entusiastas –hay que ver para creer la alegría con que se toma la vida este país- invaden hasta el último rincón costero –o con agua cerca- del litoral atlántico. ¿O melhor país do mundo? ¡Sem dúvida! Las playas más famosas del estado –y de todo el sur del país- son las que dan forma a la isla que alberga a la capital FlorianópolisFloripa para los amigos y los vendedores de camisetas-, relativamente pequeña urbe –trescientos mil habitantes- tranquila y próspera, cuyo primer equipo de fútbol, el Figueirense, no tiene nada que ver con Figueras –como residente de la provincia de Gerona no pude resistir la tentación de preguntar- sino con una higuera centenaria plantada en su plaza más emblemática. Por bullicio destaca praia dos Ingleses; para surf la amplia praia da Joaquina; el pijerío se concentra en praia Mole; quien quiera perder el mundo de vista diríjase a Pântano Do Sul; y el turista independiente recalará –pousadas a precios asequibles- en la pintoresca Barra Da Lagoa. Todas en la vertiente oriental de la isla.

Debido a la peregrina idea de encontrarnos con Pedro y su familia en Ubatuba –a mitad de camino entre Rio De Janeiro y Sâo Paulo, tres horas y medias en bus desde ambas, más la hora y pico de vuelo de Floripa-, quienes habían viajado de España a Rio e iban a bajar la costa, decidimos hacer el viaje en una mañana. Paradójicamente, queríamos salir de Sâo Paulo por el norte pero era más práctico –en vez de comprar billete a Guarulhos , que está en el norte pero tiene problemas de tráfico en hora punta- volar Congonhas –el aeropuerto del sur-, pillar taxi hasta una parada de metro cercana y cruzar bajo tierra la urbe en veinte minutos hasta la rodoviaria. El aterrizaje en Congonhas fue alucinante sobrevolando bloques de pisos a escasos metros de sus tejados –está en un barrio muy urbanizado de alta densidad demográfica- con la sensación incluso más perturbadora que la del viejo aeropuerto de Hong Kong de que un día, como así fue, podría ocurrir una desgracia. Tras la aventurilla de nueve horas llegamos puntuales, las 15´30, a nuestra cita con ellos en el hotel Xareu de Ubatuba. Por supuesto llovía. Ubachuva es su segundo nombre.