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Debido a una catástrofe imprevista en vísperas de las navidades de 1999 en los cerros que flanquean Caracas con el resultado de 30000 víctimas, mi billete con la TAP es reembolsado –ante la imposibilidad de aterrizar en un aeropuerto convertido en hospital improvisado- y estoy en un tris de quedarme sin vacaciones. Poco importaba el destino con tal de que hiciera calor y no precisase visado. Seis días después, día de navidad, acababa de aterrizar en Brasil y estaba sentado sobre mi mochila en plena Avenida Atlántica en el posto 6 de Copacabana (Rio De Janeiro) a la espera de que me enseñasen un apartamento. Ya a aquella hora temprana, con el sol aún desperezándose, se escuchaba por la radio una pieza que iba a perseguirme durante toda mis estancia, una de esas canciones que triunfan más allá del bien y del mal, con su tonada pop sixties aderezada por un acompañamiento ruidoso en la línea punk/new wave de plástico que tanto gusta a las nenas pijas aún sin novio –cosa rara en Brasil– pero –cosa normal en Brasil– siempre felices. Se llamaba Anna Julia y el grupo que la interpretaba Los Hermanos. Con Anna Julia como banda sonora huí de las hordas de fin de milenio de Rio para pasar la legendaria verbena escondido en una playa cercana a Macaé, villa dependiente de la industria petrolera nacional (Petrobras), y después bajar la costa tranquilamente, con paradas de dos días en Rio Das Ostras –excelente trato en pousada Jaqueira-, Barra de Sâo Joâo, Buzios y Cabo Frio, de regreso a la capital carioca y cidade mais maravilhosa do mundo.

Ahora, ocho años después, me llega el disco de Orquestra Imperial y lo primero que destaca es el nombre de Rodrigo Amarante, cantante de Los Hermanos. Esta orquesta se montó como un divertimento para una sola ocasión a base de reclutar a toda clase de amigos del mundo del espectáculo brasileño, incluidos personajes televisivos y actores, músicos de acompañamiento de lujo –de ilustres como Caetano Veloso– o pop stars de la talla de Fernanda Abreu y Os Paralamas Do Sucesso, y lo que empezó con unas risas en el año 2002 siguió en un estudio grabando “Carnaval Só Ano Que Vem” (Som Livre, 2006, recuperado un año después en el hemisferio norte por la distribuidora Totolo).

Los defectos de la Orquestra Imperial se convierten precisamente en sus virtudes. No se trata de una formación típica donde el ritmo cuadra al milímetro, como las de samba o salsa. Tampoco –aunque ya se parece más- podemos hablar de la orquesta-para-todo que va de pueblo en pueblo con un repertorio adaptable a cualquier eventualidad, y menos aún de una agrupación mutante tipo Manu Chao: aquí los problemas sociales son eclipsados por vestidos brillantes largos con glamour. Sin embargo este sonido no engrasado sino más bien grasiento, producto de músicos cercanos a pop y rock pero ajenos a un contexto de ritmos calientes, escapa con todas sus precariedades a cuestas y se explaya libre, sin miedo a soltar un solo de guitarra en el momento menos apropiado o a arrancar con las notas clásicas de los film de 007. Una jarana informal.