Bonito revuelo el que se ha armado en el blog con motivo de Supertramp, la ELO y las desviaciones de Animal Collective en la pasada edición del Primavera Sound. Antes de empezar a soltar todo lo que me ha pasado por la cabeza en estas últimas horas tengo que aclarar que si alguien me preguntara si me gustan Supertramp, y sólo pudiera utilizar un monosílabo, contestaría que no. Lo que no quita que piense lo siguiente:

1) Hay escenas musicales que se hacen fuertes negando otras. Me explico: los argumentos del punk son sólidos porque desautorizan los del rock progresivo, por ejemplo. “Cuanto mejor se toca mejor músico se es” era casi una certeza en los primeros setenta. El punk vino a darle la vuelta a la cultura juvenil anulando aquellas verdades: no hacía falta conocimiento alguno para tocar un instrumento; lo importante era la rabia, ese gran identificador juvenil. Los que nacimos desde el punk hemos vivido nuestra juventud ignorando y despreciando (sí, despreciábamos sin conocer) aquellas otras realidades. Había una música válida y otra que no lo era. Bueno, es una manera de ir abriéndose camino en la música con ilusión y decisión, pero cuando ya hemos recorrido un buen trecho deberíamos poner en entredicho nuestros criterios de juventud. Si no nos convertimos en esclavos de nuestros propios tópicos.

2) Que mala prensa tiene el rock progresivo. El sinfónico ni digamos. No seré yo quien les invite a resucitar pero siempre que se habla de estas realidades musicales se hace desde un punto de vista muy superfluo que parece esconder un desconocimiento sobre la trayectoria de aquellos grupos. Parece que si defendemos a Supertramp tenemos que comulgar con Emerson, Lake & Palmer. Que si nos gusta Pink Floyd no podemos discutir a Genesis. Y que si confiesas admirar “Wish You Were Here” no fuiste más que un melenudo jipi.

3) Hagamos un experimento mental. Cojamos algunas canciones de Supertramp y desnudémoslas. Fuera arreglos. Obliguemos a su cantante a moderar su falsete. Dejemos la canción en modo acústico. Ahora adornémoslas con lo que encontremos en la maleta de Animal Collective, por no cambiar de grupo. Más de uno seguro que fliparía.

4) Es curioso como algunas canciones de Supertramp (a conciencia sólo he escuchado “Breakfast In America” y algunas canciones sueltas de otros discos) me pueden recordar a los Beach Boys. Pero mientras los primeros siempre trabajaron con envoltorios horteras que no sobrevivieron al ataque del punk ni a la gracia de la new wave, los segundos han sido reivindicados a menudo y mantienen su status con mucha dignidad. No es tanto un problema de canciones como de saber elegir con quien grabar, cómo hacerlo y a qué sonar. Ser un visionario y tener gusto, al fin y al cabo. Phil Spector lo era y sobrevivió, aunque en la cárcel. Brian Wilson lo era y es alabado, aunque él hace tiempo que no se entera. En cambio, Rick Davies y Roger Hodgson no fueron más que grandes obreros del pop sometidos a una estética objetivamente fea, que pereció pronto y que aún no ha encontrado quien la reivindique. Sus canciones rápidamente fueron sepultadas bajo la losa del AOR. Quien se atreva a quitarla que lo haga en nombre de las canciones, por favor. A los teclados rancios, la épica operística y los gallos de su cantante no le encuentro la menor gracia.

5) No debemos olvidar que un grupo como Can (al que hasta el más obtuso ya reconoce sus logros) fue rock progresivo. Y que The Fall, por ejemplo, surgió como un deliberado cruce de Can y Captain Beefheart. No lo digo yo, ya lo dejaba caer Mark Smith en el primer disco de The Fall y lo asegura en la biografía del grupo. Esta fue la primera señal que tuve sobre lo inadecuados que podían ser mis criterios musicales de juventud una vez pasados aquellos años. The Fall me habían abierto los ojos sobre los melenudos de Can, pero ¡quien me iba a decir que mañana otro de mis ídolos no echaría luz sobre artistas que ya tenía muertos y enterrados! Era hora de poner mis prejuicios en cuarentena y limpiarme bien las orejas.

6) Me quedo con un comentario de Víctor Lenore: “la etiqueta cool -la que llevan Tortoise colgada- impide a alguna gente ver lo aburrido que es lo que hacen”. Diré algo más. Huyendo de los clichés y los tópicos musicales de los ochenta, la prensa especializada en los noventa creó un nuevo tipo de oyente, más inquieto, premeditadamente más culto y presuntamente más sensible. Y así surgió otro tópico en la música. Las melodías empezaron a desaparecer, las canciones se convirtieron en gaseosa y se empezaron a introducir conceptos más abstractos y místicos en lo que antes era simple pop. Se enmarañó el discurso y se hizo difícil lo fácil. Eran los años del post-rock, un ciclón subcutáneo que dejó secuelas en la música y la prensa. Creo que ahora estamos recuperando ese ejercicio a todas luces recomendable de volver a hacer fácil lo difícil. Y no hablo sólo de los artistas. La prensa también debería tomar nota.