Confieso que no me llenó el concierto de Tom Waits en Barcelona. Me tocó el primer día y tenía todas las ganas del mundo. Los diarios, casi sin un párrafo de excepción, lo pusieron por las nubes. Muchos lo habrán disfrutado sinceramente, en otras crónicas asoma cierta admiración precongelada. Tampoco es que sea un drama: unos artistas brillan más en directo y otros en estudio (caso de Waits). Cruzando mails veo que no soy el único descontento.

-Los descontentos coinciden en que la banda no estuvo a la altura. Ejemplo: “Faltaba intensidad y suciedad. Parecían músicos profesionales en el sentido más estricto del término. Eché de menos la guitarra de Marc Ribot y eso que no soy de los que se fijan en estas cosas tan concretas. No sé, me pareció que iban muy a remolque de las grabaciones y que los cambios que hicieron en la forma de tocarlas no eran para mejorarlas sino porque la banda no daba más de sí”. Cien por cien de acuerdo.

-Quienes le habían visto en giras europeas afirman que “antes era un poco más show y menos concierto”.Por supuesto, hubo momentos notables, sobre la preciosa “Innocent when you dream” , pero en general el show pecó de frío, agarrotado y excesivamente solemne. Varias veces pensé en los directos de David Thomas (Pere Ubu) y en cómo su garganta profunda sí que te conduce a territorios imprevisibles y misteriosos cuando la tienes delante. La de Waits aquella noche fue una copia limitada y rasposa de las grabaciones. ¿Quizá esperábamos demasiado ?

-El periodista Luis Troquel también objetaba en El Periódico al trato recibido por el público: “Waits ordenó personalizar cada entrada. Todas tenían que llevar el nombre, que los porteros contrastaban con el DNI. Para evitar la reventa, decían. Lo curioso es que en escena Waits actúa (y sobreactúa) como el revendedor menos fiable del condado. Mientras simulaba ser un vagabundo sin más ataduras que la cuerda de los que sostiene su pantalón, desplegaba un ejército de seguratas que se paseaba entre el público para que nadie lo grabase o fotografiase. Ni en un aeropuerto vigilan tanto. Y aquí no había clase turista: entre 105 y 133 euros valían las entradas”.

Admiro la tenacidad ante reventa, en el resto estoy totalmente de acuerdo con Troquel, aunque si yo fuera Waits querría muchos seguratas. Alguno de sus devotos cuarentones se mostraron más histéricos que cualquier fan adolescente de Take That o Rebelde Way que me haya tocado al lado en un concierto.