Confieso que después de escuchar su disco “Lucky Hands” le abandoné. Me convencí de que Thomas Brinkmann ya no volvería a sacudirme las telarañas de la abulia. Aún notaba el estilo espartano de aquel alemán estricto en aquel electro-house, pero me pesaba más el lastre de una escena que ya me incomodaba, que poco a poco se había convertido en el refugio de cantantes chillones y bases de bazar chino. Era 2005, un año en el que también se confirmó la miopía de Hell para ampliar la nómina de su sello Gigolo. Y como dije, abandoné a Brinkmann. No lo volveré a hacer. No recordé que suyo fue – con permiso de Richie Hawtin – uno de los mejores tratados del minimalismo electrónico. Hoy, “Studio 1. Variationen” luce como pieza de museo, con esos esqueletos de dub, sus esbozos de funk y todos aquellos mecanismos ultrabásicos de la música negra. Luego llegó “Klick”, aterrador manual del chasquido digital. ¿Recuerdan la fiebre de los clicks and cuts? Si en toda escena tiene que haber un garbanzo negro sin duda que en la del errorismo digital tal honor le correspondió a aquel disco. Pero fue con “Soul Center” cuando se cubrió de gloria. Jamie Lidell aún no había pintado el funk con formas cubistas cuando Brinkmann se sacó de la manga tres volúmenes (increíble el segundo) de funk-soul desestructurado. Aquellos discos me recordaron a los cut-ups de Burroughs, pero mientras que para el viejo verde cualquier elemento era un input potencial de sus febriles collages literarios, Brinkmann limitó su campo de acción a la música negra para reinventar sus estructuras.

Hoy, Thomas Brinkmann me ha ganado como lo hiciera entonces. O incluso más. “When Horses Die” – su nuevo disco – muestra otra de las caras de un artista que no se reinventa para sobrevivir sino para crecer. Todo un ejemplo en el mundo electrónico. No sé si estamos ante el “Berlin” (Lou Reed) de la era digital – lo digo por un desolador comienzo con pinta de anteceder algo gordo -, ante un nuevo cabaret electrónico o un nuevo tipo de canción, mitad autoritaria, mitad enferma. La voz de Brinkmann suena imponente a la vez que se agrieta a cada sílaba. Se rompe y resucita. Convoca a aquel Nick Cave que sufrió Berlín y recupera el indolente fraseo del Alan Vega que vivió el Manhattan más mugriento. Y de paso nos regala “Uselessness” o el susurro más aterrador y hermoso de lo que va de año. Un inquietante silabeado sólo comparable a los que trabaja la garganta de Blixa Bargeld. Y es que Thomas Brinkmann acaba de coincidir con Einstürzende Neubauten en el trazado imaginario de un nuevo espacio berlinés; más futurista, más industrial, más robotizado, más oscuro y más hermoso. Recomendadísimo para quienes se sientan a gusto con los registros duros, a menudo imaginen el futuro y aún crean en los terapéuticos efectos del minimalismo electrónico.