Andamos metidos en un periodo en el que la gente tiene más fácil que nunca el acceso a la música. En este contexto las redes sociales son la herramienta dinamizadora que empuja a la fama a los grupos de talento en ciernes o extiende el conocimiento sobre artistas clásicos. Aunque no fue diseñada específicamente para las personas interesadas en la música, MySpace es la que tiene un mayor número de usuarios registrados. Sin embargo, Last.fm es la preferida por los melómanos. Su sistema de recomendaciones, la posibilidad de crear grupos, su usabilidad y el diseño de su reproductor son las claves de esta victoria. Pero su imagen empieza a parecerse peligrosamente a la de Apple. Desde la perspectiva del usuario es un instrumento lleno de facilidades y generoso hacia los autores. Mientras, las discográficas con las que deberían trabajar codo con codo se quejan de la poca transparencia de sus contratos.

A finales del año pasado, Last.fm fue comprada por el grupo de comunicación CBS. Con el nuevo propietario hubo un giro en su política. Desde febrero permiten escuchar canciones completas –antes sólo se podía catar un corte de 30 segundos- en su web. Después de tres reproducciones, la única manera de volver a oír el tema es comprándolo. Con esta nueva fórmula han conseguido subir las visitas en un 60%. En abril, la tienda de música en mp3 de Amazon con la que están asociados había aumentado sus ventas en un 119% desde que el servicio se había puesto en marcha. Además, la nueva filosofía de trabajo de Last.fm vino acompañada de un plan para compensar a los artistas por la reproducción de sus canciones. Lo que ellos llamaron el ARP (Artists Royalties Program). El ARP ofrece a los grupos un pequeño porcentaje de los ingresos que Last.fm consigue con la publicidad. Las cuatro grandes multinacionales secundan el proyecto. A él también se pueden acoger artistas sin discográfica.

Sin embargo, Merlin, una asociación de sellos independientes que busca un trato más equitativo con respecto a las majors a la hora de negociar con los servicios de música on-line, no acaba de entenderse con Last.fm. Sus asociados mueven el 8% del negocio de la música en Estados Unidos, un porcentaje mayor que el de la multinacional EMI. Los representantes de este gigante dormido compuesto, entre otros editores ilustres, por Anti, Epitaph, Koch o Beggars Group acusan a la web de manejar unos términos demasiado ambiguos en los contratos de cesión de derechos. Además exigen que se les compensé por las reproducciones de antes de que funcionase el ARP. En estos momentos las negociaciones están rotas.

Parece que la cosa se complica para las indies. Recordemos que MySpace ya ha adelantado que no podrá favorecer a las pequeñas compañías frente a las multinacionales en su proyecto de tienda de música, merchandising y entradas.