Algunas sensaciones son difíciles de describir. También algunos sentimientos (y muchas otras cosas). El lenguaje es una herramienta imperfecta, que a menudo nos deja cerca pero no en el centro del objetivo. ¿Has intentado describir una caricia y las sensaciones que produce en emisor y receptor? También podría hacerse desde un punto de vista frío y analítico: una piel sobre otra, el recorrido decidido por una de las dos, el impacto sobre el sistema nervioso, etc. Pero todos sabemos que, cuando hablamos de caricias, nos referimos a otro tipo de descripción. De modo que, como muchas de las canciones de Fleet Foxes llegan a mis oídos como caricias, me parece banal intentar diseccionar su música desde una perspectiva técnica, instrumental, etc. Basta decir, para quienes aún no les conozcan, que es música americana con una espiritualidad edificada sobre las mismas bases –voz y reverb, meticulosidad acústica- que los primeros My Morning Jacket, solo que aquí –pese a que los primeros son de Seattle y los segundos de Louisville-, se palpa desde el principio, con esos coros de campos de algodón, la influencia de la música del sur y la aportación negra.

Fleet Foxes debutaron en primavera con “Sun Giant” (Sub Pop en USA, Bella Union en Europa), un EP grabado en enero del mismo 2008 y producido por Phil Ek (productor de, entre otros, Band Of Horses: sintomático). Voces conjuntadas, a veces a pelo, lideradas por la del joven Robin Pecknold –22 años- que serpentean por meandros acústicos cristalinos, directas de un manantial brotando de las raíces mismas de la Norteamérica boscosa. Aquí conviven la pradera, el predicador, el chamán indio con la percusión marcial –“Mykonos”-, el oso, el lobo, el olor a tarta de arándanos, la plegaria –“Innocent Son”- y el embaucador.

Curiosamente sus autores antepusieron la publicación de estas cinco canciones a la de un primer álbum que ya tenían terminado hace meses. ¿Por qué? Mi impresión personal, una vez escuchados ambos trabajos, es que necesitaban arrancar con un aperitivo modesto –y a la vez fiel a su situación anímica actual- para preparar el paladar del consumidor. Porque “Fleet Foxes” es un álbum que necesita disfrutarse despacio, con la misma parsimonia y solemnidad que auspician sus notas. A pesar de su tono accesible y su belleza diáfana, no es un álbum tan fácil como parece. Mejor dicho, contiene muchos más placeres ocultos que los de la dulzura inmediatamente absorbida. Se ha comparado la telaraña de guitarras de “Sun It Rises” a las del álbum “If I Could Only Remember My Name” (Atlantic 1971) de David Crosby, por su serena pero hipnótica manera de retumbar apuntando a finales de los 60 (como retumban canciones del último de Devendra Banhart), prestándose a hacer de colchón a los ecos folkies de la voz de Pecknold. Una postal de tono sepia en forma de nebulosa irreal que, gracias a una guitarra valiente, va cambiando de color. Pronto llega uno de los grandes momentos del disco cuando, tras arrancar fervorosamente las voces en “White Winter Hymnal” a modo de misa dominical de “La Casa De La Pradera”, de pronto –a los 39 segundos- cobran una nueva dimensión al irrumpir la sección rítmica. Es un instante estelar, orgásmico, como si alguien de pronto encendiera la luz para ahuyentar todos nuestros temores para siempre.

Las canciones se suceden como en un concurso de superación. Tras los arpegios curvos añejos –¿Nilsson?- de “Ragged Wood” y –casi centenarios- de “Tiger Mountain Peasant Song”, al estribillo sixties de “He Doesn´t Know Why” le sigue la elegía ensoñadora de “Heard Them Stirring”, mientras la melodía de “Your Protector” parece extraída de la narrativa épica de una supuesta Norteamérica medieval (la portada del pintor Pieter Bruegel contribuye), tal que unos Genesis de Peter Gabriel oriundos de Wyoming sin el componente sinfónico.

Otro momento grande –enorme, gigantesco con la reaparición del reverb: nuevamente My Morning Jacket en la retina- se produce con “Meadowlarks”. Me encanta además el juego de sutilezas de los arreglos en función del texto y los fonemas: como ejemplo, la frase `hummingbird just let me die´ (`colibrí, déjame morir´). `To hum´, verbo inglés próximo a `murmurar´, es además ese murmullo que hacemos cerrando la boca tan típico de los coros de la música de color. Pues tras estos versos entran unas voces murmurando (humming) que rozan lo sublime. Como guinda, el final de la canción deriva en voces y acordes acuáticos dignos de los más inspirados Grizzly Bear empalmando magistralmente con “Blue Ridge Mountains”. ¿Concepto? ¿Coincidencia? Poco importa. No es hora de diseccionar sino de regocijo y celebración: no se publican discos así cada semana.