César Rendueles es el coordinador de “La Vidas Bárbaras” (2008), un excelente disco-libro-DVD sobre músicos callejeros. Me da apuro recomendarlo porque -ejem- tuvo la amabilidad de encargarme un capítulo. Pero, en realidad, el mérito viene ya casi garantizado por la escasa o nula bibliografía que existe sobre el asunto. Además ha sabido escoger muy bien al resto de los colaboradores. La buena noticia es que nadie está intentando vender nada. Puedes conseguir el material gratis pinchando aquí. Mi artículo tampoco es muy mío porque más bien se trata de una encuesta entre músicos sobre su impresiones de tocar en la calle. Aquí hacemos un zapping por algunas frases.

Rafael Martínez (Jr, AA Tigre): “Aprendí actuando en la calle. Suelo tocar y cantar muy bajo, así que no tener amplificación obliga a tocar más alto y además entrena a perder el miedo escénico. La primera vez que toqué en la calle fue en el Puerto Viejo de Algorta. Necesitaba dinero para arreglar mi Seat 127 y esa excusa me ayudó. Estaba en ese momento leyendo una biografía de Sonny Rollins, que ensayaba debajo del Puente de Brooklyn para acostumbrarse a tocar mas alto. Así que ya tenía en la cabeza lo de actuar en la calle y la necesidad de algo de dinero me acabó de convencer. Me gustó la experiencia porque tenía algo de anónimo. Estás ahí, medio invisible para la mayor parte de la gente, pero a veces se para alguien a escuchar y a veces echan dinero. Una señora pasó y me echó 500 pesetas (¡de 1996!). Cuando volvió a pasar en el sentido inverso después de media hora me volvió a echar otras 500. Entonces no sabía qué pensar. Hacía algo de frío y como estaba cerca de mi casa llevaba chanclas con calcetines y un abrigo marinero. Quizás lo de las 500 tuvo que ver con eso”.

“Como oyente lo que más me impresionó, y no sólo como músico callejero, fue un señor de unos setenta años que escuché en la plaza Djemaa el Fna de Marrakech. Tocaba con un instrumento que nunca recuerdo cómo se llama. Es una especie de banjo rústico. Tiene tres cuerdas, un mástil cilíndrico y la caja de resonancia es una especie de cuenco de madera cubierto con tripa de cabra. Estaba tocando y cantando una música berebere que sonaba a blues primitivo. Pasé unas dos horas sentado a un metro de él y con los oídos y la boca abierta. En aquellos sonidos estaba todo. Cuando pensaba en ello no me lo podía creer porque era una música y una situación extremadamente simple. Fue tan emocionante que no sé contarlo mejor”.

Malcolm Scarpa: “En la época de La Movida tocaba en el Túnel de Colón unas cuatro horas al día. Se me ha quedado el frío en los huesos. En invierno llevaba abrigo, bufanda y guantes de lana cortados. Las corrientes del subterráneo de Colón era mortíferas. Ahora tengo bronquitis crónica y estoy enfermo de por vida. No creo que me sirva para nada. Bueno sí, para amargarte el carácter, para desconfiar de todo. Es un submundo. Tienes que asociarte con algún mendigo para que te guarde el sitio por una cantidad. O con otro músico para turnarte. La realidad es que nadie escuchaba. Si a alguien le gustaba te echaban una moneda, pero casi nadie se para. Llega un momento en que sólo es rutina”.

Aroah: “De los músicos callejeros que he visto me impresionó un africano que se subió al tren con un radiocassette al hombro. Recorría el vagón con garbo de gueto, coreando “¡Yo!” al ritmo del rap ligero que sonaba. Dejó de piedra a los cuatro viajeros que estábamos, no sabíamos si tanto morro era digno de aplausos o de abucheos”.

Guille Milkyway (La Casa Azul): “Siempre me ha agobiado mucho el metro. Es donde me siento más vulnerable porque voy con mucha claustrofobia. Pero tampoco me resolvía gran cosa la música. Me hacía mis selecciones en mi walkman: ponía a Lio y otros franceses de los años ochenta, como Etienne Daho, cantautores italianos como Francesco diGregorio… Aún así, un buen libro me resuelve más la situación en el metro que la música. Está comprobado. Pero, más que todo eso, casi prefiero que entre algún músico ambulante. Por ejemplo, la línea cuatro de Barcelona ha llegado a gustarme mucho. Hay uno con guitarra que canta “That’s alright mama” y que ha hecho alguna vez “Oh, pretty woman”. Sólo con la ilusión que le ponía ya me resolvía el trayecto”.

Ricardo Alonso (de Jazz Club nº4, que estuvieron a punto de llamarse Charlie Parque): “En la calle no vas a ganar tanto como pueden pagarte en una actuación de las buenas; aunque sí puede aproximarse a lo que pagan en muchos clubes por un concierto. Todo lo demás son ventajas: vas los días que quieres, sin tener que fijar la actuación con meses de antelación como en las salas. Cuando te cansas, recoges y a casa. Todo es mucho más auténtico. Un grupo de adolescentes se sientan un rato y luego juntan su calderilla para subvencionarte. Un solvente solitario escucha todo un pase de dos horas y te suelta un billete de veinte euros. A mucha gente no le gusta el jazz porque nunca lo habían escuchado, pero de repente descubren que no está nada mal. Nosotros además elegimos sitios con césped y bancos para que la gente pueda sentarse un rato. Cuando tocamos junto al Templo de Debod (Madrid) se crea un ambiente muy especial. Alguno se ha quejado de que no hay barra de copas, pero también hay quien se trae la botella de vino. Suelo dar dinero a otro músicos callejeros. Si me paro y disfruto me parece justo pagar. También por subvencionar una forma de vida que creo necesaria. Mucha gente nunca vería música en vivo si no fuera por ellos”.

Xavier Baró: “Recuerdo dos momentos memorables. Uno fue en Barcelona, hará un par de años. Yo iba por uno de los pasillos del metro cuando me llamó la atención una música que salía de alguna parte. Sonaba maravillosamente, con aquella resonancia natural que tienen los estrechos pasillos. Me acerqué. Era un hombre de unos sesenta años que tocaba el violonchelo. Me quedé un buen rato escuchándolo, no había nadie más. El hombre tocaba una pieza de Bach con tanta maestría, con tanta belleza, ajeno a todo… Sonaba como un canto perdido en las entrañas de la tierra. Belleza y dolor que sólo un artista de verdad es capaz de expresar. Me pregunté que le habría llevado a tocar allí, qué tragedia habría en su vida para tal desarraigo, porque aquel hombre tenía una técnica excepcional y una capacidad de transmitir los sentimientos encerrados en la música como pocas veces he visto. La segunda fue en París, también en el metro. Era un hombre negro, americano, de edad indefinida, vestido con un abrigo de piel hasta los pies que debió haber pertenecido a David Crockett, y una gorra también de piel, de conejo creo. Tocaba blues con una guitarra acústica. Me recordó a gente como Howlin’ Wolf o Charley Patton. Sonaba duro, profundo, metálico. No había escuchado nunca antes blues genuino, el más cercano a sus orígenes, en vivo. Le pregunté de donde era. “Texas”, me contestó y desvió la mirada. Hubo un momento que enlazó una canción detrás de otra, con interludios instrumentales. Fue como una mini-sinfonía en blues que duró quince minutos y me transportó a otra parte. Impresionante”.