Cuando se llega en avión a Guatemala desde España, la mejor opción es, evitando la engorrosa capital, procurar pernoctar a 30 km en la atractiva Antigua, emblema colonial del país. Calles empedradas, recuerdos omnipresentes del legado arquitectónico y urbanístico español, y cierto ambiente de turismo pijo. También conviene reservar la primera noche no muy lejos del aeropuerto si se viaja con Iberia pues existen muchas posibilidades de que algunas maletas no lleguen en el mismo avión. De hecho corría hace no muchos años una especie de leyenda urbana en este sentido que afectaba a buena parte de los vuelos centroamericanos de la compañía española que zarpaban de su entonces base en Miami, pues el 747 del vuelo nodriza diurno Madrid-Miami (no el airbus nocturno con que reforzaban el trayecto en fechas punta) era tan viejo que la mitad de sus bodegas se cargaban con agua extra para refrescar los motores, con lo cual se podía transportar mucho menos equipaje. Por supuesto, mi mochila no llegó hasta el día siguiente, así que Antigua resultó un buen lugar donde esperarla.

Como todas las ciudades fundadas por los españoles en el siglo XVI (aunque en este caso reconstruida en el siglo XVIII tras un terremoto), todo gira alrededor de la plaza/parque central. Dos manzanas al norte, en la acera derecha de la avenida más regia, la quinta, un bar-restaurante coquetón llamado Frida´s ofrece comida con acento mejicano hasta no muy altas horas (según nuestras costumbres) de la noche. Su nombre es un homenaje, vista la parafernalia que lo decora, a la pintora Frida Kahlo. No es lugar aquí ni momento ahora para evocar la vida de la pintora mejicana que estuvo casada con Diego Rivera: ni su ideología ni sus enfermedades ni sus impedimentos físicos ni su importancia social más allá de la pintura. Lo cierto sin embargo es que ha influido en el proceso cultural centroamericano y en la percepción del maridaje progresista (compromiso de izquierdas/arte) que se contrae en los países emergentes, hasta el punto de atraer a artistas de la talla de Coldplay para que se inspiren en ella a la hora de titular –“Viva La Vida”– su nuevo álbum.

Antes de seguir, debo confesar una admiración sincera por la trayectoria –la musical y la comercial- de Coldplay. Cuando en tiempos de “Yellow” la discográfica Parlophone invierte en ellos lo que no invirtió en los primeros The Beatles y me los friega en infinitos politonos, pensé –como casi todos los aficionados sensatos- que se habían vendido al dinero fácil y que no debía apoyar a quien suena pagado en todos los resúmenes futbolísticos televisivos dominicales. Pero al mismo tiempo sentía cierto placer: mejor que las hordas inconscientes consumiesen Coldplay antes que el resto de bazofia de los 40 Principales. Mi simpatía aumentó –y mi envidia- cuando Chris Martin se lió con Gwyneth Paltrow. Un pedazo tan completo de mujer –guapa, inteligente, simpática, devota de España y con pinta de buena persona- jamás intercambiaría fluidos asiduamente con un patán quejica. La constatación me llegó con la soberana lección de pop –a pesar de las apropiaciones- de “X&Y” (Parlophone 2005). Accesible, sentido, directo, transparente y bien acabado: llámenme vulgar pero a mí me gusta, y consigo sobreponerme a todas mis sospechas –la autocompasión de pobre niño rico de Martin, la eterna cantinela de `la grabación del nuevo disco casi nos mata´, etc- cuando lo escucho.

La primera impresión de “Viva La Vida” (Capitol 08, subtitulado como “Death And All His Friends”, quizás para dar pistas sobre la temática o para desmarcarse fonéticamente de Ricky Martin) no es plenamente satisfactoria. Aquel pop cristalino –aunque en su vertiente pop sigue siendo superior a los dos primeros largos: es un álbum muy competitivo como tal- ha perdido parte de su nitidez debido a los arreglos, más toscos y gruesos, casi marciales. Un vistazo a los créditos y los dos nombres encargados de su manipulación aportan la clave: Brian Eno ha adaptado su electrónica especializada en guitarras abigarrada –coquetear con Robert Fripp le sirvió para ganarse bien después la vida: véase “Achtung Baby” de U2, o cosas con James– hasta elevar una simple tonada pop al rango de himno. Y Markus Dravs “Funeral” de Arcade Fire– consigue que estas melodías en principio inofensivas asedien al receptor cual ejército conquistador.

Esta masa compacta, expuesta con aire conceptual –principio y final con las mismas notas- sin embargo deja al descubierto cierta permeabilidad –como Elbow– folkie –“Cemeteries Of London”- con ciertos guiños al archivo de la discográfica –en “Yes” se perciben rastros de “You Never Give Me Your Money” de “Abbey Road” mientras el piano de “42” recuerda a “Imagine”– y a otros –la entrada de “Lovers In Japan”- tan sorprendentes como Prefab Sprout que acaban atrapando. Por cierto, tanto “Lovers in Japan” como “42” o “Yes” tienen segundas partes –algunas incluso tituladas, como “Reign Of Love” o “Chinese Sleep Chant”, esta última con acordes pillados de “In This Home Of Ice” de Clap Your Hands Say Yeah– que de hecho son canciones por sí mismas como pegadas a la anterior. Y, si prescindimos de algún desliz épico o de estar ya hartos de la por otro lado preciosa “Viva la vida” por su sobreexposición en TVE en los resúmenes de Pekín 08, tenemos un ejercicio notable de lo que a estas alturas puede ofrecer un grupo de la dimensión de Coldplay.