Más tarde tendrías un encuentro con Dalí, ¿no?
“Eso sucedió cuando dirigía mi siguiente espacio, ‘Imágenes’. Te cuento. Andaba un poco desesperada viendo las entrevistas que le hacían a Dalí y el trato que se le dio durante aquellos años; poco menos que era un payaso franquista. Nadie le tomaba en serio y hasta el más analfabeto se permitía el lujo de reírse de él. Por la pantalla salía un señor que se llamaba Manuel Martín Ferrand, que hacía una especie de telediario cultural justo después del telediario del mediodía y, como decía Fernando Méndez Leite, cogía los libros como si le dieran un poco de miedo. Se creía en el derecho de llamar a Dalí payaso para posteriormente dar paso a una entrevista que le hicieron. En aquella ocasión, Dalí hizo un comentario que atribuyó a Raymond Ruffel, miro a la cámara y dijo: “aunque ni usted, ni usted, ni usted tienen la más remota idea de quién era”. Como llevaba tiempo con la idea de hacerle una entrevista seria y a fondo a Dalí, pensé que la táctica que tenía que desarrollar era hacerle ver que yo sí sabía quien era Raymond Ruffel y ver qué pasaba.”

¿Y qué pasó?

“Necesitaba el contacto que me acercara a él. Un tiempo atrás había conocido en un programa de la televisión francesa a Beatriz de Moura, por entonces casada con Oscar Tusquets, quienes quedaron en presentarme al pintor en una de sus escapadas a Port Lligat. Así que un buen día nos desplazamos en coche hacia la residencia de Dalí. Como tenía costumbre, nos recibió con unos nardos y un champagne rosado. Y entonces me preguntó: ‘Y usted, señorita, ¿qué sabe del vellocino de oro?’. Resulta que durante el viaje me había fumado algún porro para liberar tensiones y creo que contesté aquella extraña pregunta con bastante soltura. Al día siguiente me daría cuenta que esta trampa tan peculiar que me colocó Dalí era vital para que esa misma tarde tuviéramos una conversación que derivó por caminos que a ambos nos produjo una notable satisfacción. Durante la cena, Beatriz le comentó que al día siguiente iban a venir unos amigos suyos a tomar café porque querían hacerle una entrevista. Eran dos chicos de Ajoblanco, uno de ellos Pepe Ribas, futuro director de la revista. Nada más comenzar la charla, Dalí les lanzó la misma pregunta sobre el vellocino de oro. Ellos se quedaron un poco asombrados y reaccionaron explicándole que pensaban publicar un monográfico en Ajoblanco sobre el erotismo. Dalí les repitió la pregunta pero ellos insistían en que sólo querían hacerle unas preguntas sobre erotismo, de tal manera que al final no le quedó otra elección que decirles: ‘Miren, jóvenes, soy impotente y el erotismo no me interesa absolutamente nada. Váyanse, y vuelvan cuando sepan algo del vellocino de oro.’

Hablemos de “Imágenes” (emitido por última vez en la primavera de 1981). ¿Por entonces había mejorado el talante en televisión?

“Para nada. Te contaré una anécdota. Como tarjeta de presentación, preparé un cuestionario que pretendía recoger las declaraciones de diferentes artistas acerca de lo que significaba para ellos el arte y qué esperaban de un programa sobre artes plásticas en televisión. Entre los invitados estaban Maruja Mallo, Salvador Dalí, Oscar Tusquets, Ignacio Gómez de Liaño, Herminio Molero, Ocaña y Ernesto Giménez Caballero, quien en aquella primera emisión me piropeó en unos términos que no me gustaron nada.”

¿Qué te dijo?
“Mirando a la cámara soltó: ‘¿Qué espero de un programa sobre artes plásticas? Si está dirigido por Paloma Chamorro lo mismo que de Santa Teresa de Jesús: un camino de perfección’. Como te digo, los presuntos elogios de aquel célebre intelectual fascista no me gustaron nada, pero accedí a que se emitieran si a cambio no censuraban las del artista Ocaña. En ellas aseguraba que a él, más que pintar, lo que le gustaba era follar con su novio. Evidentemente, no aceptaron mi propuesta, aunque con tan mala suerte que cuando me comunicaron que censuraban las palabras de Ocaña me encontraba en Cuenca rodando un reportaje sobre la ampliación del Museo de Arte Abstracto. Les dije que me negaba a que se emitiera ese programa porque no creía justo descompensarlo de esa manera. Volví urgentemente a Madrid con la única intención de secuestrar el programa, pero no lo conseguí. Se emitió, con mi consiguiente y tremendo enfado. Además, tenía por costumbre montar el pollo en la prensa cada vez que se me censuraba. De ahí que resultara tan antipática e incómoda. No me sentí liberada de la censura hasta La Edad de Oro.”