Parece que en 1983 ya no era moderno hablar de “lo moderno”. En 1983, año en el que aparece en una acera La Edad de Oro y en la otra La Luna de Madrid, se instala impetuosamente el concepto de la posmodernidad entre los nuevos protagonistas de la movida madrileña. Esa nueva ola de la que venimos hablando representaba el Madrid colorido, alocado y moderno de los años pasados. Pero la movida madrileña se venía ensanchando y, a la vez que se populariza sin apenas discriminación, desde pequeñas células intelectuales se la carga de intención con la trampa de la posmodernidad: ahora lo más moderno era pensar, o hacer que se pensaba. Los papeles de Borja Casani se posicionaban claramente en este bando, mientras que La Edad de Oro defendió, con más militancia que rigor, esa ingenua modernidad de la nueva ola aderezada, sin embargo, con unas gotas de discurso teórico muy apropiadas con la época que estaba viviendo. El formato de La Edad de Oro, espontáneo y cercano, se oponía al frío (y hasta cínico) distanciamiento posmodernista. La defensa a ultranza de unos contenidos artísticos chocaba de lleno con la frívola intelectualidad de La Luna de Madrid. Realmente, nunca hubo un enfrentamiento directo (ni en los medios de información ni en el plano personal) entre ambos discursos, aunque las diferencias fueron insalvables. Teniendo en cuenta que Paloma contaba para cada uno de sus programas con una media de 4 o 5 colaboradores-invitados, que en sus 56 emisiones no se acordara de los chicos de La Luna de Madrid hay que entenderlo como una declaración de principios. A continuación destaco algunas declaraciones y extractos para enmarcar la situación:

Paloma Chamorro, entrevistada en Diario 16 el 17 de mayo de 1983: “La Edad de Oro va a viajar allí donde surjan las nuevas tendencias. Hace unos años, cuando se hablaba de vanguardia, se estaba refiriendo a un determinado vanguardismo que era más bien la necesidad que tenía el mercado de cambiar de modelo cada año. Por ello esta palabra perdió su sentido original y ahora cabe más hablar de modernidad.”

Paloma Chamorro, en declaraciones realizadas en el invierno de 2001: “Mi intención era encuadrar en un mismo discurso los contenidos de alta cultura y baja cultura, donde meteríamos la música pop. O lo que es lo mismo, programar en un mismo espacio un documental sobre Marcel Duchamp y el nacimiento de las vanguardias artísticas y a Derribos Arias. Pero esta idea ya venía determinada en cierta medida por las nuevas tendencias que surgían en Gran Bretaña, donde un grupo de música after-punk se ponía de nombre Bauhaus u otro llamado Killing Joke centraba su razón de ser en un discurso sobre la alienación de la humanidad.”
“No se trataba de equiparar artísticamente la alta y la baja cultura. Intentábamos resaltar el contraste entre pop y pintura o punk y escultura, bajar algún escalón a los integrantes de la llamada “alta cultura” e incluir dentro de un amplio concepto de arte un espectáculo meramente pop como era un concierto de Glutamato Ye-Ye.”

Juan Luis Cebrián en su libro “Políticos y posmodernos” (Alianza, 87): “Elevar la posmodernidad a los altares resulta harto peligroso. Aireó ciertos espacios cerrados en algunos círculos intelectuales, pero el subproducto cultural que ha terminado por engendrar es de lo más pobre y, en algunas ocasionemos, reaccionario. La destrucción del concepto de error y de acierto por la posmodernidad ha llevado a ésta a aceptar en su seno también a los idiotas. Hemos contribuido a la exaltación injusta de ese fenómeno cultural tan pendiente de la fachada que se ha olvidado de construir la casa.”

Borja Casani, en el primer número de La Luna de Madrid: “El modernismo ha sido la iniciación creativa, el posmodernismo es simplemente ganar dinero.”

Paloma Chamorro, sincerándose en su casa: “Si nunca llevé al programa a los chicos de La Luna de Madrid sería porque les consideraba unos advenedizos.”