Había leído acerca de “Hymns For A Dark Horse” cuando lo publicó hace poco más de un año Burly Time, pero no me interesé por él –grave error- hasta la reedición hace pocas semanas a cargo de Dead Oceans. A día de hoy, me tiene atrapado.

¿Por qué el hincapié en el presente? En estos tiempos inseguros para todos –uno puede perder sus ahorros, el otro su trabajo y muchos ambas cosas-, cuando el descrédito -¿o se ha de escribir des-crédito?- en el Sistema ha hecho metástasis en toda la especie humana hasta incitarte a desconfiar del mejor amigo –cónyuge incluido: ya ni te cuento personal de banco-, tenderemos a pensar que todos los valores –y no solo los bursátiles- se han perdido y que estamos más solos que nunca. ¿Cómo luchar contra esta sensación de angustia? Aquí va la prescripción: el medicamento responde al nombre de Bowerbirds.

Lo forman dos hombres y una mujer ubicados en Raleigh, Carolina del Norte, que se surten de instrumentos como acordeón, violín, piano y una percusión de lo más rústica. Su fuerte sin embargo está en la combinación de los sonidos resultantes de las tres voces. En la primera canción, “Hooves”, se narra la relación inicial desde el prisma de un recién nacido con su madre nada más salir del vientre, con una descripción de cariño tal –`I had the thought there is no one more beautiful than you´- que ya te deja conmocionado, sobre todo porque el tono vocal con unos altibajos dulces preciosos –ni tan histriónico como Rufus Wainwright ni tan proclive a la pirueta equilibrista como Jeff Buckley-, realzado por las voces de acompañamiento, eleva la pieza a cotas de espiritualidad sublime. Es todo tan casero y natural, tan honesto, tan de grupo de amigos divirtiéndose en casa mientras allá fuera la humanidad dilucida reyertas apocalípticas, que uno, si compara, puede llegar a pensar que Fleet Foxes son una banda artificial.
“In Our Talons”, “Human Hands” y “Dark Horse” prosiguen en su caza de sentimientos perdidos. Palabras como odio o soledad cobran dimensiones inusitadas cuando las pronuncia un coro donde la voz femenina de Beth Tacular, un punto por encima de las otras dos –Phil Moore y Mark Paulson-, dibuja oleos perfumados en el frío bosque nevado. O cuando el acordeón recalca la viñeta de desierto en “Bur Oak” -`ranas leopardo cantan dulcemente´- antes de que una pandereta, una simple pandereta, erice todos los vellos no depilados de tu cuerpo. Entonces, en este preciso momento, te sientes secuestrado como un bobo por tus propias emociones hasta sumirte en un profundo fervor religioso hacia este disco –“My Oldest Memory” o incluso los bonus de la reedición como “La Denigración”, perteneciente al EP anterior “Danger At Sea”– que ni siquiera tiene visos de remitir una vez pasado el invierno, cuando las buenas gentes vayan a la playa `a jugar al helicóptero´ y el violín de “The Marbled Godwit” se disuelva entre los primeros rayos cálidos primaverales.