Le estoy dando vueltas al título “Little Flashes Of Sunlight On A Cold Dark Sea” (Acuarela 2008), el nuevo álbum de Tex La Homa. Mirando a través de la portada su horizonte marino, imaginando un mar frío y oscuro en la costa sur de Inglaterra. A sus pocos pero agradecidos días que dejan llegar los rayos solares a tierra firme. A la tristeza inherente al hecho de vivir eternamente en húmedo y gris, en comunidades pequeñas, en la grandeza y la miseria de lo íntimo. Entre el sosiego y el aislamiento. Entre la opresión de la vida provinciana y la libertad de sentirse solo. O casi solo: siempre hay alguien cerca de quien enamorarse y así no sentirse tan solo; para después –cuando falla lo que falla, que casi siempre falla- sentirse más solo aún.

La guitarra acústica de Matt Shaw, envolviendo un ramillete de teclados transparentes y electrónica apenas perceptible, arpegia serena en “The Unanswered Question”, mientras la voz solemne de su autor busca amparo en la gravedad de un piano. Como en el caso de los primeros The Montgolfier Brothers, lo que extrae de él es compasión otoñal. En otras ocasiones ni siquiera lo busca sino que lo encuentra –“Dream Sliding”- entre lo resbaladizo de las seis cuerdas y el título. Las piezas más inmediatas son las propulsadas por acordes clásicos de cantautor acústico folk –“The Greatest Key”, “Buziaczki”- y las que, gracias a teclados y electrónica sideral –“An Uncertain Place”- acaban levitando en su nube de plasticidad. Incluso hay un momento en que se percibe una madurez compositora digna de los clásicos: cuando en “Falling” pronuncia la palabra ´crying´, lo hace con la misma desazón que Jimmy Webb en su “Crying In My Sleep”.

Que Acuarela siempre ha buscado la belleza a toda costa es un hecho. Pero esta vez, en lugar de invertir en la belleza más rebuscada –torturada en unas ocasiones, infranqueable en otras-, ha colado un producto muy directo y accesible: esa brizna de luz en nuestro mar frío y oscuro.