Recuerdo que, a finales de los noventa, le pregunté a Antonio Luque (Sr Chinarro) cómo se sentía al ver que siempre venían a verle las mismas trescientas personas a la sala Nasti. ¿Su respuesta? “Creo que eso es más interesante que reunir a quinientas distintas en cada gira”. O algo así. Por supuesto, tenía razón. El mérito artístico está en atrapar la atención del oyente y mantenerla, imponiendo la conexión emocional al carrusel de novedades que (cada vez más rápido) desfilan por delante de nuestras narices. He pensado en esa conversación mientras escuchaba la versión que ha hecho Mark Kozelek del “New partner” de Will Oldham. Mientras Luque se reinventa un poco con cada álbum, el líder de Red House Painters lo apuesta todo a ese soniquete hipnótico, un interruptor mental que hace que el oyente se sumerja en sus propios recuerdos. Escucharle es como un trankimazín: quizá deberían imprimir en las cajas de ansiolíticos esa frase suya que dice “Things mean a lot at the time/they mean nothing later” (una de esas verdades a la vez tristes y alegres que él ya había asimilado en su segundo álbum). En todo caso, pocas cosas he encontrado más adictivas que su voz, envuelta unas pocas notas de guitarra, siempre parecidas y siempre balsámicas (bueno, quizá es mejor evitar “Songs for a blue guitar”). En “Finally” sólo la versión de AC/DC (“What`s next to the moon”) se eleva por encima de la discreta media del álbum. ¿Cómo puede uno sentirse tan a gusto escuchando un disco que sabe que es medianito?