Cada año me pasa. Y van para quince navidades. ¿Tantas ya? Más o menos. Me pasa cada vez que se acaba el verano, las vacaciones, y la temperatura refresca. Me invade una tristeza interior –algunos la llaman melancolía- y durante semanas no puedo parar de escuchar ““Un Soplo En El Corazón” de Family. Se me acabaron la fiesta, los baños en el mar y los recuerdos del montón de mujeres de las que soñé ser novio. No puedo cambiar el final porque, cuando éste llegue, no me dará la oportunidad.

Sus canciones son como una dulce carcoma, la punzada agradable de reencontrarse con un amigo que comprende esa tonta sensación de lo que sea. Sigo mirando día tras día y año tras año, aburrido tras el ventanal, la misma ciudad, mirando la vida pasar, buscando en vano a alguien que me dibuje una noche con cohetes naranja y me pinte de plata las estrellas que yo le dé. Alguien, aunque no sepa nadar, a quien yo pueda entregar –mal peinado, eso sí- mi amor. Alguien a quien le guste viajar como a mí, sorteando volcanes y peligros sin más destreza que el instinto y la lógica; llueva o no.

Es el ventanal de mi casa cálida de invierno, que es la misma que la de verano, desde donde veo pasar los días en alas de los buenos de Family. Desde ella no domino ningún país, ni siquiera ejerzo una intención de avanzar pues mis miedos y temores están cerquita, impidiéndome encontrar este amor tan fuerte. Quisiera tener uno para bailar callados como en la canción, esperando escuchar lo que no me atrevo a decir. Bien, si no lo tengo, al menos no lo perderé ni en abril ni en otro mes, ni gastaré gasolina ni peaje para llevarlo en mi coche a un sitio tan lejano como el cielo. Demasiado largo es este camino para el cual aún no hay mapa dibujado. Demasiados avatares para tan poco por qué. Demasiado dolor y demasiada tristeza. Demasiadas despedidas sin decir adiós, demasiadas mentiras y demasiados errores. Creo que voy a seguir viajando solo como terapia contra el ventanal. Al menos hasta que alguien, pasando por delante de éste sonriente, me guiñe un ojo sin poder disimular su amor mientras sostiene la portada de este álbum en la mano. Entonces bajaré las escaleras con el corazón en un soplo y con un soplo en el corazón convertido en huracán de alegría surcando aurículas y ventrículos. Pues sabré que ha llegado el día en que, además de esa pena tan grande, dejaré de beber limón al haber encontrado mi media naranja. ¡Qué disco!
Felices fiestas.