Una vez más, el vuelo KL877 me tenía deparada una sorpresa. Noche del 25 de noviembre de 2008. A la mañana siguiente, miércoles 26, sobrevolando ya el espacio aéreo de Bangkok, el avión gira a la derecha mientras el piloto agarra el micrófono para informar al pasaje que el aeropuerto de Suvarnabumi ha sido tomado por hooligans de la oposición política al partido elegido democráticamente que gobierna Tailandia. Ante la imposibilidad de aterrizar, KLM ha decidido –porque tiene base operativa allí- desviarlo a Kuala Lumpur, Malasia.

Un autocar nos deja en Grand BlueWave Hotel Shah Alam, en los aledaños de esa capital que, más que urbe, parece un nudo intrincado de autopistas decoradas con parterres de flores en medio y con millones de palmeras en los laterales. Cena y pernoctación hasta deslizarse bajo la puerta un comunicado de KLM: quienes deseen retornar a Europa, mañana a las siete de la mañana con los bártulos en recepción. Los demás, a las dos de la tarde un autocar los devolverá al aeropuerto para que cada cual escoja su opción (la más lógica, volar a Phuket y desde allí en autocar a Bangkok).

Sorprendía a la mañana siguiente la cantidad de pasajeros –sobre todo mayores: aquella noche empezaron los atentados de Bombay con mucha cobertura en CNN y BBC World– que decidieron dar por terminadas sus vacaciones sin haberlas empezado. Yo tampoco dormí, entre el jet lag, la incertidumbre y las imágenes que venían de India, así que a las siete ya estaba danzando sobreexcitado en el lobby: como Kuala Lumpur es sede de la low cost Air Asia, se me había ocurrido intentar pillar el primer vuelo posible a Denpasar (Bali, Indonesia), donde tengo amigos y, desde allí en una playa aceptable como la de Jimbaran, esperar la reapertura del aeropuerto de Bangkok. Como a veces los árboles no te dejan ver el bosque, me costó una barbaridad pagar 11 dólares estadounidenses por media hora de Internet para hacerme con un pasaje de 100 euros, pero a las tres de la tarde, desde la terminal de LCCT –adyacente al aeropuerto grande: solo les separa una explanada de tres kilómetros que resulta ser el circuito de Fórmula Uno de Sepang-, ya había despegado en un airbus nuevecito rumbo a Bali.

Cada vez que salgo a tomar algo por la noche en Kuta, su playa más famosa, me asaltan recuerdos de varia índole, desde mi primera visita cuando aún no había alcantarillado en 1986, hasta los post atentado del 2002. Yo era asiduo del Sari Club, el escenario de la tragedia, y tuve la santa suerte de que la barbarie se perpetrase un 12 de octubre y no un 12 de diciembre, que es cuando suelo parar por allí. El terreno, un cuadrilátero a modo de alfombra de césped vallado donde no se ha vuelto a edificar, da fe –junto a un gran monumento en la acera de enfrente- de lo que es capaz el ser humano. Para su vergüenza.

Durante los primeros años posteriores al atentado, aquella zona dejó de ser el núcleo de ambiente nocturno, que pasó a Seminyak –a la zona de Double Six junto a la playa y a la calle del Santa Fe-, pero últimamente, con la apertura de nuevos locales, se volvía a ver gente a primera hora de la noche. No es un ambiente selecto, sino más bien el plebeyo del surfero adolescente australiano. Al revés que muchos expatriados, a mí a veces me apetece, tras cenar en Made´s Warung, dejarme caer por el Paddy´s o el Bounty a eso de las diez –antes de que a medianoche aparezcan las putillas- y verlos divertirse mientras hincho el buche con un par de Bintang.

Esos críos son primarios pero les envidio. Beben cubos de cóctel de garrafa hasta caer en redondo y algunos, pocos, consiguen antes echar un polvo. Pero van en grupo, no son violentos como buenos australianos, cantan juntos, corean estribillos puño en alto y, durante más tiempo que muchos mayores en toda su vida, son felices. Además el Bounty, un multiespacio con varias salas, les pone grupos de música en directo que funcionan como un karaoke: les pides una canción y tú la cantas; incluso algún chaval sube a escena para tocar él la guitarra. El repertorio suele configurarse en base a un librito de canciones que la banda pone a disposición de los clientes. Si vas a menudo acabas aburriéndote, ya que los temas se repiten bastante (“November Rain” y “Sweet Child O´ Mine” de Guns N´ Roses sobre todo, y por supuesto el himno de las antípodas “Down Under” de Men At Work).

Sin embargo esta última vez quedé boquiabierto. Un mozo discreto –ni llevaba bañador largo de surf ni venía con el torso desnudo supurando bronceador-, vestido con polo, bermudas lisas y náuticas, pidió interpretar una canción. Era austríaco y, tal vez debido a la procedencia –los gorgoritos tiroleses-, “Bohemian Rhapsody” de Queen le cayó como anillo al dedo. Fue una interpretación –vistas las circunstancias y la dificultad de esta pieza larga- magistral. Acabó con la gente de pie coreando y aplaudiendo. A partir de entonces cada noche subían australianos borrachos haciendo versiones patéticas de esta canción. Sin ningún rubor. Pero, de algún modo, también emocionaban. Quizás porque, para alguien alérgico a Queen como yo, es una pieza que sobrepasa su dimensión musical y, desde que se encumbró en las listas en diciembre de 1975, refleja como ninguna otra en la sociedad anglosajona el espíritu navideño.

Aún así, en una hipotética lista de canciones para estas fechas –“Happy Xmas (War Is Over)” de John Lennon aparte- mi favorita sería “I Believe In Father Christmas” de Greg Lake.