En diciembre de 2006 la revista británica “The Word” publicó una extensa entrevista con Tom Waits. Entre varias aventuras vitales y musicales, contaba esta historia de tal día como hoy: “No sé… Siempre he pensado que la religión debería ser algo más visceral, que debería de sacudirte un poco, ¿sabes? Unas navidades hice autoestop por Arizona. Era Nochevieja: me quedé colgado en una ciudad llamada Stanfield. La gente piensa que en Arizona te asas, pero en enero la temperatura suele ser diez bajo cero. Yo tenía diecisiete años y nadie paraba a recogerme. De pronto una señora mayor llamada Anderson se acercó a la acera, donde estaba parado con mi colega Sam, para decirnos que “hace mucho frío, se está haciendo de noche, es fin de año , mejor venid a la iglesia”. Era un pequeño templo pentecostal, nos pusieron en los asientos de atrás. Había música en directo: una banda con dos mejicanos, un batería negro, un guitarrista anciano y un niño de siete años tocando el piano. Todo muy raro. Cantaban como en trance: un idioma incomprensible. Nunca había escuchado nada así, se parecía al scat. Mientras aquello crecía, la música iba enloqueciendo. Desde la parte de atrás, empezamos a reírnos, porque no sonaba normal, además éramos jóvenes y bastante ingenuos. Cuando terminó el servicio pasaron el platillo y nos dieron el dinero. “Queremos honrar a estos vagabundos que han venido a visitarnos, recorriendo millas para acabar esta noche entre nosotros”, dijeron. Una vez nos pasaron la cesta del dinero, alquilamos una habitación de motel con televisor, calefacción y vistas a los camiones aparcados detrás. A la mañana siguiente desayunamos y conseguimos que un conductor nos llevara a California. Es la mayor experiencia religiosa que he tenido en mi vida. Si alguna vez ingreso en la iglesia, será en esa iglesia”.