De mis tiempos de DJ en Lloret De Mar, hace treinta y cinco años, recuerdo muchas cosas –canciones, momentos, etc- y muchos trucos de la profesión. Pero había uno que no voy a olvidar mientras viva: la última canción de la velada.

Pocos años antes, en la cubeta de discos de rebaja a 25 pesetas en la tienda de discos donde trabajaba, el jefe me ordenó colocar un single inusual de Tamla Motown que recordaba haber visto en listas (nº8 USA, 1971). Tan pronto lo compré me sentí pillado por su mensaje contundente, así que, contra cualquier regla lógica –que era cerrar la noche con “You´ll Never Walk Alone” de Gerry & The Pacemakers para asistir al espectáculo imborrable de ver a todos los clientes corearla cogidos de las manos y subidos encima de los taburetes-, decidí cambiar y que ésta fuera la última canción. Al cabo de tres años la discoteca era conocida por ello y, a última hora, venían trabajadores de todos los locales del pueblo a enseñar el tema a sus amistades con la excusa de la última copa. Aún hoy me paran por la calle para recordármelo, y me siento orgulloso de ello.

La canción era un fundido entre las melodías de “What The World Needs Now Is Love” y “Abraham Martin And John” fruto de la imaginación de un DJ llamado Tom Clay que a finales de los cincuenta había sido acusado de payola. Es el primer tema de recorta y pega que escuché –después vendría el divertidísimo “Superfly meets Shaft” de John & Ernest en 1973- y proyecta un mensaje pacifista demoledor.

Arranca suave con un adulto preguntándole a un niño qué significan palabras como racismo, fanatismo y odio, a las que éste responde no saber. Sigue la pieza con trozos de la emisión radiofónica del momento que John F. Kennedy es asesinado; después vuelca el estribillo; después un discurso de Martin Luther King –momento aterrador: `como todo el mundo, a mí me gustaría vivir´-;después una toma radiofónica del asesinato de Robert Kennedy y, la cima del tema, un discurso donde éste, con voz temblorosa, recuerda a su hermano: ´algunos ven las cosas como están y se preguntan por qué; yo sueño con las cosas que áun no han sido y me pregunto por qué no´. La apoteosis del estribillo humedecía en aquellos días los ojos del oyente más insensible. Como guinda, se vuelve al piano del principio con el niño alegando ignorancia a las sucesivas preguntas. Solo que, cuando le preguntan la última –prejudice: parcialidad-, le quitan la música de fondo para que sus palabras infantiles penetren hasta las entrañas: `creo que es cuando alguien está enfermo´. Justo antes de que las pronunciase, yo encendía las luces de la sala. El efecto era brutal.

Aún con riesgo de pasar por estúpido trasnochado, me parece que –a pesar del desfase cultural que va desde aquellos días naïfs al pragmatismo actual-, tal como están las cosas, la canción debería ser reeditada y alcanzar, esta vez sí, el número uno.

PD: se puede escuchar la canción aquí y seguir el texto aquí.