Imagino un mundo sin telediarios. Sin necesidad de ellos. Sin gente que provoque malas noticias. Un mundo donde impere el sol pero donde la lluvia también sea bienvenida. Un mundo donde tu vecino sea alguien a quien le puedas confiar tu perro. Donde sea fácil acceder a la verdad y donde la justicia –por universalmente asumida- no necesite ser mentada o reclamada a cada minuto. Donde la tecnología estaría al servicio de los ciudadanos y no al revés. Donde no cabría el protagonismo de los políticos. Donde tu olor no necesitase camuflarse con desodorantes baratos. Un mundo utópico donde yo sería, por supuesto, el encargado de ponerle la banda sonora. Que sería, también por supuesto, la de “Merriweather Post Pavillion” (Domino 2009), el nuevo álbum de Animal Collective.

 

Más o menos estos pensamientos me rondaban a la salida de su concierto en el Primavera Sound del año pasado. Aunque entonces se me mostraron decididamente electrónicos, para nada habían perdido un ápice de su magia. Bleeps y clics se autoalimentaban en una carrera en pos de lo supino. Y, cuando flaqueaban por unos instantes, inmediatamente surgían al rescate percusiones en tromba sobre las que voces celestiales, sintéticas, devolvían el impulso.

 

Después de unas escuchas apresuradas del disco, me gustaría ser más ponderado, objetivo, incluso crítico (ya satura tanto elogio). Tal vez dentro de unas semanas. Ahora mismo no puedo. Estoy deslumbrado ante la avalancha, ante el increíble poderío del tiempo presente. “Strawberry Jam” es pasado: casi una anécdota. Suena “Bluish” y me dan ganas de llevármela a un prado soleado bien verde, escucharla allí para poder saltar y brincar libre a remolque de su melodía. ¡Joder, qué hippy ha quedado eso! Me veo tumbado sobre la hierba, solo, asintiendo con la cabeza mientras leo la reseña de Juan Cervera en Rockdelux. No caben más elogios en dos folios. Sin embargo, si por mi fuera, le daría dos folios más con tal de seguir elogiándoles. O los que hicieran falta hasta acabar con todo el diccionario de alabanzas.

 

El bucle electrónico de “Brother Sport” me atrapa en su trance hipnótico. Mil puñaladas de placer ante la tumba simbólica, repleta de flores, de Beach Boys. Todos bajo tierra algún día. Pero mientras tanto y hasta entonces, aquí arriba, bailando.