“Ayer mi suegra se detuvo frente a un semáforo en rojo. Lo hizo aliviada, ya que durante un par de minutos podía recuperar fuerzas para reemprender el largo paseo que había de conducirla al mercado. Los semáforos en rojo siempre son un engorro cuando la vida te viene en verde. Mi suegra, sabedora de ello, en vez de tomar el parón como un inconveniente, agradeció el descanso. Tras cruzar la calle, giró a la derecha por la esquina de la famosa pastelería libanesa. Solía andar más rápido en este tramo desde que vio salir de la tienda a un hombretón moreno con faldones largos y capucha subida. Nunca te fíes de los encapuchados, le había enseñado su madre comunista, sean de la orden que sean. Mi suegra no distingue órdenes ni etnias, simplemente anda más rápido y llega a casa con dolor de pies”.

 

Bien. Acabo de redactar este párrafo con una intención malsana. La de escribir por escribir. La de escribir algo sin sentido haciendo ver que lo tiene. Con frases resaltando pequeñas cosas junto a otras lapidarias que rozan lo pedante. No sé si aguantaría este ritmo durante trescientas páginas y, de hacerlo, si me presentaría al Planeta o inauguraría un estilo paralelo (¿del realismo sucio al realismo limpio o tal vez al realismo neutrex? ¿costumbrismo mundano?). Pero lo he redactado para utilizarlo como ejemplo en la argumentación de los textos de “Instant Coffee Baby” (Moshi Moshi 2008) de The Wave Pictures, un disco que globalmente me gusta mucho y cuya parte musical no pienso laurear aquí pues no tengo nada que añadir: bastante se ha hecho ya en todos los medios. En cambio, aunque les pegue la música y de la colisión de ambos surjan grandes canciones, sus textos me preocupan más. Y no me preocupan en sí mismos, sino en la sublimación que percibo se está haciendo de ellos. Una cosa es sacar brillo de la bisutería barata y otra creer que se está haciendo algo grande con algo pequeño, que últimamente detecto, con pánico, en la sociedad actual. O sea, una cosa es hacer una oda a las cosas sencillas, como Jonathan Richman a un carrito de helados (por nombrar a uno de los tres o cuatro nombres con que se está relacionando a The Wave Pictures) y otra distinta agarrar una frase  como `y tenías cistitis ¿no es cierto, no es cierto?´ convirtiéndola en proclama existencialista. Estas ganas de ver más de lo que hay en The Wave Pictures –como en los casos Smiths o Hefner– es algo que me desinfla. Lo cual no me impide disfrutar de “Instant Coffee Baby” en su justa medida. Tanto como el año pasado disfruté con Good Shoes.

 

Ah, y una nimiedad que estaba a punto de pasar por alto. Todo lo escrito arriba queda parcialmente anulado. No se lo van a creer pero, a fuerza de releerlo, estoy empezando a encontrar sentido al primer párrafo. Los críticos somos así.