Aunque muchos grupos que afirman que el nombre bajo el que operan no guarda relación con la música que practican, yo pienso que casi siempre existe cierta conexión. De otro modo no habría comprado, sin referencias, aquel glorioso “Wallpaper For The Soul” (Minty Fresh 2002), segundo trabajo de Tahiti 80, que marcó todos mis veranos a partir de entonces. En aquel nombre percibí informaciones de un número y un enclave tropical polinesio que, ligadas, presuponían y sugerían cosas. A día de hoy puedo decir que la suya es una de las pocas discografías de cuatro álbumes que poseo entera.

 

Razones. En primer lugar su frescura pop, cuya lozanía nos lleva acompañando mucho antes que la oleada de pop sueco. También me asombra su atrevimiento. Si descontamos los grupos de multinacional tipo Backstreet Boys, muy pocos blancos se han enfrentado –desde los días del blue-eyed soul hace 35 años- al maridaje entre la música de color –ritmos, vocalización, arreglos- y el pop con semejante desparpajo. De hecho, no sé por qué, muchos arreglos suyos me recuerdan a aquellas formaciones negras de los 70 –Detroit Emeralds, Chi-Lites, Moments– si estuviesen operando a las órdenes del pop blanco. Si le añadimos el contratiempo de la ubicación –entre las humedades normandas de Rouen: no precisamente en el radio de acción fashion británico capaz de apadrinar a Cut Copy– y los nombres de algunos componentes –Xavier, Pedro-, el resultado resuena casi inverosímil.

 

Pero la inverosimilitud se incrementa al escuchar su cuarta oferta “Activity Center” (Barclay 2008) y comprobar que, tras 15 años de carrera, estos provincianos franceses son capaces de al menos igualar su mejor álbum. Su contrastado paladar –recordémosles capaces de hacer versiones de A.R.Kane y de “So You Wanna Be A Rock `n´ Roll Star” de Byrds– sabe extraer la esencia –en vez de quedarse con el envoltorio- de la música de color –el alma: soul– a pesar de no contar con registros vocales negros. Les basta afeminarlos –“24 x 7 Boy”– y soltarlos con alegría –no podía ser de otra manera si el tema se llama “Brazil”-, con melancolía –la melodía, frontal desde su inicio, de “Tune In”-, saber trabajar el ritmo por sencillo que sea –“One  Parachute”-, recompensar su éxito asiático –no es Japón, su fan número uno, pero mencionan a Hong Kong en “Whistle”– y, lo mejor con el trabajo vocal zigzagueando entre los vericuetos de los acordes deliciosos de “Fire Escape”, hacer una canción digna de haber figurado en el gran “Something/Anything?” (Warner 1972) de Todd Rundgren. Con una madurez envidiable –ya no les supervisa Andy Chase, productor relativamente conocido y marido de la cantante francesa de Ivy– y un olfato pop sin fecha de caducidad.