¿Cómo valoras las críticas que hicieron de tu trabajo algunos periodistas musicales?

“Lo he repetido constantemente. Yo no era crítico musical. Puede que no tuviera una cultura musical tan vasta como algunos de los críticos especializados que me atacaban, pero yo por lo menos conocía los entresijos de TVE y sabía realizar programas. De todos modos, reconozco que éstas eran las menos malintencionadas que recibía, aquellas que me tachaban de intrusa, de ser una señora que no sabía nada de música. Porque visto desde fuera en aquel momento cualquiera podría pensar que La Edad de Oro era un programa estrella que a mí me regalan.”

 

¿Cuándo empiezas a sentir ese recelo desde el gremio periodístico?

“El periodista Ángel Casas ya se había quejado de esta situación antes incluso de que arrancara el programa, en la época en que se congeló por primera vez, cuando tenía la intención de llamarlo Arte Moderno. En ese momento ya se armó un primer revuelo en la Segunda Cadena. Mi argumento era muy claro: yo no era crítico musical, pero sabía hacer televisión y ellos no.”

 

¿Y no se pensó en unir fuerzas en ningún momento?

“A Ángel Casas, Carlos Tena y Diego Manrique, que trabajaban en “Popgrama” y que durante algún tiempo se emitió pegado a mi espacio de artes plásticas (“Imágenes”), más de una vez les propuse unir nuestras horas de emisión, porque entendía que nuestras maneras de enfocar la cultura podían tener mucho en común. Era la época del punk, de la pre-Movida.”

 

¿Se llegó a producir esa colaboración?

“Nunca. Me decían que no iba a ser posible. ¿Por qué? Porque, según ellos, su director no quería, porque era un manta… No surgió nada, y eso que les propuse varias cosas concretas, como un especial de comics uniendo ambas franjas horarias.”

 

Y luego estaba la prensa. El País hacía oídos sordos, ABC dormía con el látigo y sólo desde Diario 16 se planteaba una cierta defensa al programa.

“Durante una época, Diario 16 me dedicaba varias páginas todas las semanas. La mitad de ellas eran medio a favor en un tono muy pelota y la otra mitad iban ferozmente en contra. Además, en algunos casos se servían del programa para inventar unas fantasías tremendas. Faltaba objetividad en la prensa. Recuerdo que cuando trajimos a The Residents alguien firmó un artículo en Diario 16 de lo más delirante. El firmante venía a ponerse una medalla porque decía en sus líneas haber descubierto la identidad de los Residents; según él, se había subido a la parrilla y les había identificado a todos. Recuerdo que afirmaba que uno de ellos era una chica, quien además conducía el camión. Además, para dar credibilidad a sus palabras, escribió: “un ejecutivo de una de las discográficas relacionadas con La Edad de Oro nos confirma que, en efecto, nuestra intuición es estupenda.” Y lo suelta así. Podía resultar divertido, pero era muy poco profesional.”

 

También estaba La Luna de Madrid. Si La Edad de Oro pretendía ser el escaparate natural de la nueva ola, aquel tabloide mensual intentó capitalizar la escena desde un enfoque más posmoderno, mezclando incluso inquietudes filosóficas con realidades arquitectónicas. La impresión que se daba era que La Luna no respetaba los planteamientos culturales de La Edad de Oro. Parece que tú tampoco los suyos, pues en ningún momento fueron invitados a pasar por el programa para aportar su opinión. ¿Cómo se llevaba esa frialdad profesional en el plano personal?

“Creo que Borja Casani (director de la revista) estuvo alguna vez en el programa, pero sólo como público. Si no intervino en ninguno de ellos sería porque le encontraba un poco parvenus y demasiado doctrinal. No teníamos una relación fuerte de amistad pero cuando nos veíamos en alguna exposición nos saludábamos cordialmente. Ellos me considerarían pretenciosa cuando hacía programas de arte y quizás populachera en La Edad de Oro, pero no estoy segura pues nunca me dieron sus opiniones. Cuando Borja Casani y Juan Carlos de Laiglesia vinieron a entrevistarme a casa (para el número de La Luna de noviembre de 1984),  lo hicieron aparentemente con mucho respeto, pero como luego sustentaban tesis que eran bastante distintas de las nuestras, me daba la impresión que el respeto era más bien postizo.”