Mi relación con la música –o, precisemos, con los productos que ponen a mi disposición los músicos- son de hecho una variable más de las relaciones que, como ser humano, puedo tejer. Si a veces encuentro estúpida la escena de un hombre hecho y derecho mirando la pecera y diciéndole cosas a un pez, también, haciendo autocrítica, a menudo me pregunto si no he perdido más de un tornillo cuando analizo mis reacciones al escuchar un disco. A ti te voy a poner en la cubeta de los mediocres. A ti te voy a castigar unos días sin ponerte en el reproductor porque ese solo de guitarra era muy malo. A ti te voy a llevar de viaje conmigo porque me haces mucha compañía. Y a ti, bueno, tú vas a la cola de los misteriosos: te he dado las mismas oportunidades que a los demás, hasta ahora contigo no he sentido frío ni calor, pero hay algo en tu silencio –en lo que no me comunicas- que me atrae. Así que, cuando disponga de un rato, volveré a por ti por si te decides a contarme cosas.

 

Va a hacer un año aproximadamente de la publicación de “We Might Disappear” (Triumphant Sound 08), segundo álbum de Jukes, y hace casi medio de mi tira y afloja con él. Jukes es una formación montada alrededor de Tammy Wayne, quien –aunque chiste pésimo, no me resisto a soltarlo- no es la madre de Tammy Wynette sino una nativa de Bristol que empezó hace más de quince años con aportaciones vocales para el sello Talkin´ Loud. Chica viajada –trabajó en cruceros en su adolescencia-, musicalmente esponjosa –jazz, salsa- y muy influida por lo que escucha en Brasil, aprendió a tocar la batería con gente de Strangelove y Geoff Barrow de Portishead. La relación con el entorno de estos últimos es importante ya que en 1996 su EP “In Deeper Life” vio la luz gracias a un bajista colaborador de éstos, Jim Barr. En 2004 publica ya como Jukes el primer largo “A Thousand Dreamers” para Twisted Nerve, la discográfica de Andy Votel y Badly Drawn Boy. Para este segundo, cuenta con la colaboración de músicos de la talla de John Parish.

 

Las once canciones del disco son de absorción lenta. Ni demasiado estruendosas ni demasiado acústicas, ni innovadoras ni retro, se mueven en un campo indefinido de arreglos pseudo soul hechos por músicos británicos de rock para estructuras de cantautor –“Pears And Milk”, “Something Important”-; por nombrar a dos artistas que le gustan a Tammy, estaríamos en un terreno equidistante entre Feist y Amy Winehouse. No son de nocturnidad aterciopelada o atormentada, sino de bar de copas con clase para público de mediana edad. “The Stupidest Things” anima momentáneamente la velada pese a su precariedad: tensa, casi fifties, tan esquelética como las esqueléticas de Link Wray, The Gun Club o Suicide. Toda esta papilla de influencias, a primera vista incompatibles, de pronto se entienden mucho mejor en “Mother Sister” y “Born In The Sea”. Mirando los créditos (Jim Barr), evocando Bristol, la voz cimbreante, triste pero con carácter, nos llevan sin más dilación a Beth Gibbons. Jukes suena a eso, a Portishead en versión modesta sin las disonancias. Tal vez por eso cada día me gusta más.

 

PD: Propuesta deslizada de puntillas al final del primer párrafo: una lista de discos que no te disgustan pero que te gustaría que te gustasen más. Por medio euro virtual cada respuesta. Un dos tres…