De vez en cuando me doy un paseo por la web de Tzadik, el inabarcable sello de John Zorn. Es verdad que la visita me suele abrumar y que últimamente me cuesta descubrir algún músico díscolo que me llame la atención entre tanto ejercicio de música clásica contemporánea. Pero creo que en el fondo sigo esperando, ya con pocas ilusiones, de que un día se anime a publicar un nuevo capítulo de su serie “Great Jewish Music”. Comenzó hace doce años con una idea atractiva: reunir a la crème de la crème de la vanguardia neoyorquina para recrear la obra de célebres músicos con ascendencia judía. Recuerdo el impacto de los homenajes a Marc Bolan y Serge Gainsbourg, pero nada comparable al que me produjo el doble CD dedicado a Burt Bacharach, el primero de la serie. Se publicó en 1997 y aún no he encontrado un disco de versiones que consiga batirlo.

 

¿En qué me baso? Por un lado, es difícil imaginar que a unas canciones tan complejamente puras como las de Burt Bacharach les pudiera salir alguna competidora al menos tan inmaculada como ellas. Es lo que me sucede con la adaptación de “Close To You” perpetrada por Wayne Horvitz. Quizás porque su piano preparado (un invento del compositor John Cage para forzar la sorpresa en la música) consigue elevarse un centímetro más del suelo que la original. Quizás porque la partitura se toma alguna mínima licencia interpretativa y fuerza sin forzar –curiosa paradoja- lo imprevisible. Pero no me hagan mucho caso: estaría hablando de la horquilla que va del 9,5 al 9,7.

 

A John Zorn nunca le han gustado las medias tintas. Ni trabajar con músicos que no se comprometan totalmente con su singularidad. Así, cuando señalamos a Kramer destacamos su furiosa originalidad a la hora de masticar el rock, si nos acordamos de Fred Frith nos viene a la memoria su inigualable guitarra cubista, de Zeena Parkins nos quedamos con su inconfundible arpa cósmica, de Marc Ribot esas cuerdas fronterizas en las lindes de Marte, de Joey Baron su desobediente batería o de Bill Frisell sus siempre imprevisibles notas de guitarra. Una nómina envidiable para reivindicar el complejísimo entramado musical de un compositor universal. Porque Bacharach materializó el sueño americano moldeando un pop mainstream de intrincada partitura. Pop total con espíritu de jazz. Olvidándonos de Gershwin, ¿quién más le puede toser?

 

A primera vista, estos estándares pop pivotan en una órbita bien distinta a la de los músicos que contrató John Zorn para el primer volumen de “Great Jewish Music”. Sólo un dato: mientras las canciones de Bacharach  alimentaron en su día tanto el easy listening como el musical de Broadway, los amigos de Zorn se hicieron fuertes en un minúsculo y mugriento club del sur de Manhattan (The Knitting Factory) con sus partituras libres. Pero, de la misma manera que Manhattan integra en un mismo sabor las luces de Times Square y los basements del Lower East Side, “Great Jewish Music: Burt Bacharach” fundía en un mismo olor el clasicismo y el riesgo. Las canciones más bonitas en manos de los más díscolos seguían siendo las canciones más bonitas. Como ese “Trains And Boats And Planes”, ‘reseteado’ y reconstruido por Fred Frith. O el clásico “What The World Needs Now Is Love”, en el que uno duda si está escuchando la guitarra de Bill Frisell o el piano de Erik Satie.