Es la segunda vez que cojo de la pechera a Jeremy Jay para traerle a este blog. No lo entiendan como un guiño de favoritismo a un artista; más bien se trata de un tipo que me envía señales de lo más dispares cada vez que lo escucho. O cuando le veo, como ocurrió el pasado miércoles en Madrid, en la sala Moby Dick. A trompicones me llegaron diferentes ideas que intentaré resumir.

 

No me convencen demasiado las canciones de su nuevo disco, “Slow Dance”. Un disco menos inspirado no le ayudará en su confirmación, aunque su magnetismo escénico de andar por casa hiciera que algunas canciones me parecieran mejores de lo que son. O igual son hasta chulas y aún no me he dado cuenta.

 

Jeremy Jay no es sólo un Jonathan Richman del siglo veintiuno, ni un avanzado aprendiz de Robert Forster, ni un Morrissey anoréxico con hiperactividad. Detrás de estos disfraces tan cool parece que también hay un cantante que disfruta como un enano sobre melodías tecno-pop que pretenden conectar con su público de la manera más simple. La dualidad me parece curiosa y, desde luego, no me molesta nada.

 

Me cuentan que en una entrevista comentó que apenas le han influido The Go-Betweens. Creámosle, pero no paro de imaginarle delante de un espejo atusándose el pelo mientras mira de reojo una foto de Robert Forster. Ejemplo de dandismo impecable que colocado en la larga figura de Jeremy le convierte en un principito desgarbado. Más me recuerda a Forster en canciones como “Escape To Aspen”, donde el parecido vocal es asombroso. En cambio, de Grant McLennan no tiene nada de nada.

 

Fue escuchar “Hold Me In Your Arms Tonight” y teletransportarme a mis momentos favoritos de The Smiths: aquel tibio romanticismo de “Hatful Of Hollow”. Durante toda la canción tuve la portada de aquel disco en la retina.

 

“Beautiful Rebel” –mi canción favorita- le viene al pelo. Un autorretrato pincelado sin tanta precisión como intuición. Su interpretación me conquistó sin problemas. No tanto la de “Heavenly Creatures”: me pareció que las notas del teclado en el pico de la canción no se contagiaron de la magia de esa sublime armonía que forman su voz y la guitarra.

 

Algunos de los asistentes se echaron las manos a la cabeza cuando empezó a cobrar protagonismo ese teclado anclado en la primera mitad de los ochenta. En algunos momentos también me chirrió algo – sobre todo, cuando metió bombo-, pero prefiero ser prudente con estos gadgets tan propios de una época. Sobre todo después de escuchar el último disco de Lindström.

 

Me sobraron los bises, de la misma manera que me incomodan los bonus tracks al final de un disco reeditado. Un concierto debería tener sentido con su principio y su final. El caso es que muchas veces el bis ya viene integrado en el propio espectáculo, reservándonos para el final el momento más esperado. No fue el caso.