Prueba a saborear un pétalo de rosa. De esta manera tan perversa Josetxo Ezponda nos invitaba a entrar en “In Bitter Pink” (Oihuka, 91), segundo y último disco de Los Bichos. Las flores huelen dulce, pero saben amargas. Más o menos como la corta y acelerada vida de aquel grupo navarro llamado a empresas mayores. Josetxo creció con el rock australiano. Con el esqueleto de los Scientists fabricó un bicho maquillado para la vida en el filo. Y con Howlin’ Wolf y Screamin’ Jay Hawkins descubrió los poderes de un aullido.

Josetxo Ezponda era (es) un tío elegante. Un dandy sin remilgos. Su estilo, hermanado al de Suicide, supo seleccionar lo más atractivo del glam, lo menos tópico del rockabilly, lo más aseado del punk y ese pelo cardado y la raya en el ojo que le copió a la nueva ola. Kim Salmon era su ídolo. Tav Falco, el reflejo en su espejo. Aunque las canciones de Los Bichos podían sonar furiosas, ruidosas y hasta peligrosas nunca diría que Josetxo Ezponda portaba estos valores. Desde fuera, sin conocerle, siempre le vi un seductor, un tipo listo, el Gainsbourg del rock; o swamp rock, como se etiqueta ese rock pantanoso de acento sureño. Las camisas de puñetas y chorreras marcaron su look. Y su mezcla de romanticismo y deseo, a algunas de sus canciones. Imborrable el recuerdo de la chica de la sombra (“Shadow Girl”) que inspiraba sus sueños más oscuros, la Raquel de “In Bitter Pink” o aquella versión de “My Girl”, el clásico de los Temptations.

Algo había en Los Bichos de urgencia juvenil, de aceleración que toma el que sabe que aquel instante tan vivo no podía instalarse en el tiempo. “Color Hits” (Oihuka, 89) nació del entusiasmo de unos críos treintañeros. Cuando llega el doble “In Bitter Pink” (excesivo y genial, amargo y glamuroso) la banda ya hacía aguas. Sin llegar al sabotaje premeditado con que Alex Chilton (al que Josetxo le otorgó el título de Sir en un gesto de excelente gusto) pretendió castigar el testamento de Big Star, Ezponda no se cortó un pelo cuando le dieron la oportunidad de un último deseo. Doble y a la entrepierna, aunque en el intento ardamos todos. Es curioso comprobar como el rock coge cuerpo ante la adversidad.

A Ezponda se le fueron los amigos en esa cálida nebulosa de aroma “bitter pink” donde se confunden las drogas con el glamour y el presente y futuro se comen del mismo plato. Sus lugartenientes de lujo (Charly y Asio) ya estaban más fuera que dentro durante la grabación del segundo disco. Doce asistentes a un concierto es un número que pocos grupos de esa calidad pueden digerir sin venirse abajo. Así estaban las cosas en el momento en que Los Bichos cosechaban críticas superlativas en la prensa musical. Ya a finales de los noventa, tuve la suerte de acudir a una actuación de Josetxo. No me sorprendió su delgadez. Sí su aparente timidez. No seríamos más de treinta. Lo suficiente para volver a comprobar que la historia del rock tiene más letra pequeña que un préstamo hipotecario. Esa letra pequeña que nunca debemos perder de vista.

Poco se ha sabido de Josetxo desde entonces. Su carisma, sin embargo, se me sigue apareciendo en los rincones de discos aventurados. Ahí va una muestra:

“Scientists” (81), de Scientists

Imagino que Josetxo aprendió algunas de sus artes escuchando el tempo lento de “That Girl”. Eso sí, desde el principio evitó el lado más power-pop de los australianos. Su estilo, más libre y libidinoso, encajaría con el de Salmon cuando esté montó su banda (en mi opinión) más imprevisible y oscura: Kim Salmon & The Surrealists.

“Dreamtime” (81), de Tom Verlaine

“Penetration” parece hecha para la percha de Ezponda. Una canción que es todo un rincón oscuro, inconfesable y doloroso. Una canción que –según me confesó de malos modos su autor en una entrevista- no habla de lo que parece (la heroína) pero asimismo huele a camino no transitado, a peligro a la vuelta de la estrofa. Una canción escrita para una voz que sepa estar a la altura de su composición y a la bajura del deseo que persigue. Una versión deseada que nunca tendrá lugar.

“Sister Lovers” (76), de Big Star

“In Bitter Pink” contiene tres versiones bien elegidas. La de Gainsbourg parece un reto, cómo ser más lujurioso que el rey de la lujuria. La de Phil Spector no me mata. Y respecto a la de Big Star… qué quieren que les diga. “Holocaust” (y su gemela “Kanga Roo”) no es una canción, es una fosa abisal, de las mayores que he conocido. Un destrozo ya consumado que Ezponda adapta con escalofríos. Siempre me quedé con las ganas de preguntarle por los mayores precipicios que ha encontrado en la música. Sería bonito que algún día leyera esto y contestara.

“Get Lost (Don’t Lie!)” (87), de These Immortal Souls

El gran tapado del blues urbano que reinventaron The Birthday Party. Rowland S. Howard, al igual que Josetxo, transitó por la música como un zombi muy vivo. Este disco fue un descenso hasta el tuétano en el viaje más fascinante que jamás ideó. Música arrastrada, blues al ralentí. Lo imagino sobrevolando el cielo de ese Berlín que fotografió Wim Wenders. Los Bichos surcaron otro cielo, el del rock nacional, durante tres años y aún no ha habido nadie capaz de borrar su estela.