
No todo el mundo abrazó la llegada del punk con idéntico entusiasmo. Era una música hostil fruto de una actitud hostil, como ensuciar el pop en vez de proteger su idiosincrasia prístina a la vez que se cagaba en todos los valores imperantes hasta entonces. Un buen guitarrista ya no era un ser reputado sino más bien un vestigio del pasado molesto susceptible de ser eliminado. Cuando la marea bajó -el punk se convirtió en moda y, como tal, fue fagocitado por un sistema ávido de iconos fashion: el imperdible resultaba perfecto por su componente trasgresor- y los nuevos valores pudieron alzar la voz sin ser sospechosos de actuar como exterminadores –quedó la actitud y la sensación de que, a partir de ahora, cualquiera podría grabar sus sentimientos sin rubor-, solo entonces la importancia real del vendaval punk fue comprendida mayoritariamente.
Así George Webster y Tim Vass, o sea Razorcuts, de Luton y amantes del pop con mayúsculas, pensaron en 1985 que su precariedad instrumental no era obstáculo para verter esa pasión incontenible que pugnaba por salir. Sus canciones, himnos primigenios invasivos con la chispa de guitarras de Byrds, cortos, certeros, irrumpían y aniquilaban cual volcán en el peak de su vertido. Al igual que Orange Juice pocos años antes, solo que con más velocidad y menos negritud. Un manojo de singles dio paso a un contrato con Creation y a una castración relativa de su energía. Tras dos álbumes y más singles –en parte de su repertorio tocaba el batería David Swift, el periodista neozelandés del NME- decidieron chapar el chiringuito en 1989, pasando a una oscuridad muy esporádicamente rota con alguna recopilación: la mejor es esta “R Is For… Razorcuts” (Matinée 2002), donde una tras otra van desfilando a modo de fogonazos de ametralladora sus temas. Cuando la compré hace seis años pensé en la tremenda injusticia que a veces la prensa comete arrinconando todo lo que no sea trendy. También pensé que era una de las recopilaciones más relevantes jamás publicadas, como Bob Stanley de Saint Etienne –compinche de Swift en el NME- así lo suscribe en los créditos. Adolescencia, melodía y urgencia: un cóctel letal.