
Revoloteas con tu vestimenta de gasas y algodón que transparentan tu silueta a través de los rayos matinales. Con movimientos felinos incapaces de empañar tu felicidad. Estás atrapada. Estás en la nube. Estás donde siempre has querido estar. Ya no importan las perlas saladas que tanto brillo han dado a tus ojos y tanta acidez a tu corazón, surcando cual estelas plateadas tus mofletes. Las noches sin dormir porque pensabas que todos los demás tenían cosas que te faltaban a ti. El cariño. La autoestima. Ahora cabalgas sobre un caballo cuyas plumas mullidas amortiguan cualquier revés. Ahora estás enamorada.
Las plumas del caballo te acompañarán. Solo son plumas. ¿Puedes imaginar la sensación de zambullirte en un mar de plumas, aunque sean de caballo? Llevando el ejemplo al ámbito de la música: Horse Feathers. Como `delicadeza´ es un sustantivo con parámetros elásticos, habrá que precisar. Tómese la vertiente más íntima de la voz de Sam Beam –Iron & Wine-, añádasele cello, violín y banjo –como si Sufjan Stevens tuviese a mano la sección de cuerdas de “Astral Weeks” de Van Morrison- y tendremos una música cuya fragilidad servirá para que nuestros días más enrevesados se transformen a los pocos minutos en los más apacibles. Todo ensamblado por este joven líder del trío –colabora su hermana Heather- destinado al olimpo: Peter Broderick.
El invierno mostrado en la portada del segundo álbum “House With No Name” (Kill Rock Stars 2008) no puede esconder el calor de leña anhelado en la cabaña sin nombre, de la cual el buen mozo escapó unos días para presentarse en South By Southwest. Mientras tanto, al abrigo del calor artificial de nuestros calefactores europeos, contemplo perplejo el cristal hecho añicos del retrato recompuesto milagrosamente.