Un país de habla inglesa en el que el primer disco de Joy Division no aparece en una tienda hasta dos años después de la muerte de Ian Curtis ya se gana todas mis simpatías. Elegido o impuesto, siempre he considerado el aislamiento una atractiva opción para el arte. Si siempre se convino que Australia creció musicalmente con plena autonomía –artística y mediática-, imagínense Nueva Zelanda, más austral, más arrinconada. Una Australia para Australia.

 

Cuando el punk golpeó las costas neozelandesas lo hizo con la rabia ya aplacada y la esencia maquillada. En el largo camino perdió la urgencia que lo motivó, pero consiguió llegar a puerto con las dos o tres semillas necesarias para abonar un campo de talentos incipientes. Me quedo con tres: un Chris Knox que aprendió rápidamente las virtudes del D.I.Y., un Alistair Galbraith que pronto se hizo un nombre en el campo de la vanguardia y Martin Phillipps, el adolescente que llevaría lo más lejos que pudo el pop neozelandés y el nombre de su ciudad, Dunedin. Bueno, es cierto que fueron The Clean quienes hicieron de bisagra entre el punk y el pop, pero sin The Chills es difícil imaginar que el capullo se volviera mariposa.  

 

The Chills fue el grupo panorámico del llamado Dunedin Sound. Sus canciones sirven de radiografía de una escena que creció con el apoyo y la confianza plena del sello Flying Nun. Tan vibrante como Postcard Records pero con más recorrido. Así llegaron “Rolling Moon” y su suave transición del punk al pop, “Pink Frost” y su psicodelia recontextualizada, “Doledrums” y su partitura de pop perfecto, para terminar de rematar la brillante escalada con “Heavenly Pop Hit” y el sueño de la conquista de Londres. El sueño de Martin Phillipps, un compositor que me cautivó con el lenguaje mudo del pop. Me enganché a sus canciones sin haber penetrado en sus letras, aunque un breve paseo por la orilla aventuraba olas de mayor envergadura.

 

Creo que llegué a The Chills a través de The Triffids. Agradecí enormemente la recomendación pero, al margen de la separación geográfica, ya entonces no les vi mucho en común. Mientras las canciones de los Triffids parecían querer abrirse el pecho y salir volando en plena angustia territorial, las de Phillipps sólo pretendían alzar la voz en un entorno hecho a medida. Y sin prisas. Sin la ansiedad de responder a unas expectativas. Sólo así se explica que cuando The Chills reaparecieron en 2004 el tiempo parecía no haber hecho su trabajo de descomposición.

 

Ni Smiths, ni Beatles, ni Velvet Underground. Si el pop neozelandés reconoce una deuda esa debería ser con la guitarra de Tom Verlaine. El pop necesitaba de un riff que hubiera vencido sus trastornos de testosterona, un riff capaz de modular la sensibilidad sin sentirse tentado por la épica. Ni más ni menos que lo que Television imaginó; al intentar quitarle las legañas al rock, sin querer Tom Verlaine le abrió los párpados al pop. Y entonces, tras atravesar dos inmensos océanos, empezamos a oir ecos lejanos que nos invitaban a escuchar a  The Bats, The Verlaines, Sneaky Feelings, Tall Dwarfs,… Mañana celebraremos sus canciones con un top neozelandés.