No están todos los que eran, aunque si queremos ampliar el censo de Dunedin podemos acudir a dos notables recopilatorios: “Tuatara” (85) y “In Love With These Times” (88). En el primero aún se apreciaban restos del after-punk, mientras que el segundo se clava en el mejor momento de la escena.

The Chills. “Submarine Bells” (90)

Lo consiguió. Martin Phillipps pule los cantos de “Brave Words” (87) y culmina en este disco su escalada como compositor. Ayudó lo suyo que fuera capaz de mantener durante tres años una banda estable que le permitió mostrar sus grandes hechuras. Ese pop transparente que oculta disgustos mayores, esa voz siempre alta y orgullosa, esos patrones rítmicos cortos que al doblarse y doblarse provocaban tanto dinamismo. “Heavenly Pop Hit”… ¡que seguro estaba Martin Phillipps de lo que tenía en las manos! Grabado en Londres, en su regreso a casa fueron recibidos como héroes nacionales.

The Bats. “The Law Of Things” (88)

La sensibilidad de “The Other Side Of You” no andaba muy lejos de sellos como Sarah Records pero algo tenía el repertorio de The Bats que lo hacía diferente. ¿Cuál era el toque de distinción de canciones como “Never Said Goodbye”, “I Fall Away” o “Time To Get Ready”? ¿Cierto olor a melancolía portuaria? ¿El trote Feelies? ¿El reflejo de los Byrds? Las canciones de “Daddy’s Highway” (87) ya deslumbraron a la sombra. Sin renunciar a la inercia de sus guitarras, “The Law Of Things” puso las suyas al sol y en Dunedin ya nunca volvió a nublarse.

The Verlaines. “Bird Dog” (87)

Las grabaciones de Postcard Records sin el acento soul. Sus canciones templadas (“Only Dream Left”) acariciaban como las de Aztec Camera, aunque a menudo se proponían ser el grupo más puntiagudo de Dunedin (“Slow Sad Love Song”), con ese guante de seda forjado en esparto en que se convertía la guitarra. La voz de Graeme Downes basculaba entre dos fraseos notables: el de Billy Bragg y el de Roddy Frame. Tres años después redondearon sus ángulos y les salió un caramelo: “Tremble”.

Tall Dwarfs. “Throw A Sickie” (86)

Los brillos del nuevo pop no cegaron a un Chris Knox que siempre fue a su bola. Cuando se empieza a hablar de la escena, Knox ya era un veterano que estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta. Con sus Tall Dwarfs hizo del blues, del incendio Stooges, del folk y del pop psicodélico unas miniaturas manejables para andar por casa. A su grupo siempre le vi como los Half Japanese neozelandeses: un tanto chiflados, pero sabiendo lo que se traían entre manos. Este disco incluye “Come Inside”, perversa invitación a un microcosmos perverso.

The Clean. “Compilation” (87)

Los orígenes del Dunedin Sound en las manos ágiles de David Kilgour. Fueron un grupo post-punk sin saberlo. Apuntaron hacia el pop sin un padrino detrás. Se lanzaron hacia delante sin saber lo que se iban a encontrar a la vuelta de la esquina. Admirable su inocencia, entrañables sus canciones y aplaudible las ganas de ser mejores, algo que se va comprobando a medida que transcurre este recopilatorio que ambienta el pop neozelandés en el primer lustro de los ochenta, cuando la escena aún era un pequeño castillo de naipes. Un imberbe Martin Phillipps ya tocó los teclados en la saltarina “Tally Ho”.

Sneaky Feelings. “Sentimental Education” (87)

Cuando escuché “Coming True” pensé que allí había más aspiraciones que las comunes del pop. Durante un instante miraron hacia otra liga, hacia esa que tenían enfilada Prefab Sprout. ¿Burt Bacharach con guitarras? Sneaky Feelings –se agenciaron el nombre de una canción de Elvis Costello- alcanzaron el cielo con aquella canción. El resto de su repertorio no aguanta semejante exigencia, tarea por otro lado casi imposible si no te llamas Paddy McAloon. Pero “All You’ve Done” me sigue recordando a los comienzos de Microdisney y “It’s So Easy” a los de Martin Stephenson.

Y añado a la lista dos contrapuntos extraordinarios:

This Kind Of Punishment. “This Kind Of Punishment” (83)

El cuatro pistas de Chris Knox pasó por tantas manos en la primera mitad de los ochenta que hoy debería ser cotizado objeto de subasta. En aquel cacharro también se grabaron unas tétricas notas de piano que parecían dar la bienvenida a la voz de Diamanda Galas. Pero en vez de ella, aparecieron los hermanos Jefferies, cuyas letanías ponían de manifiesto su agónico aislamiento en las mismas claves secretas que maneja Scott Walker o manejaron This Heat. Oscuro, tenebroso y hermético, el primer disco de This Kind Of Punishment parece el secreto guardado entre Carla Bozulich y Baudelaire. Un trato que deberíamos desvelar al mundo.

Alistair Galbraith. “Orb” (07)

Aunque su trabajo actual nada tiene que ver con el pop, Alistair Galbraith acude con uno de sus discos puesto que a día de hoy, cuando se levanta, lo primero que ve desde la colina donde se asienta su casa es el litoral que perfila la ciudad de Dunedin. Y siempre fue así. Su paso por el pop fue fugaz: una aventura en The Rip, ese volín que suena en “The Law Of Things” (The Bats) y a dedicarse en cuerpo y alma a la experimentación y las subvenciones culturales. “Orb” llega desde su esfuerzo por inyectar al folk la conciencia de una música sin reglas ni manuales.