
Abogado del diablo en plena ebullición. El disco nuevo de M.Ward, “Hold Time” (4AD 2009), me gusta. Me gusta tanto como los últimos. Pero no más. Quizás ahora que lo pienso, debido a su repercusión, un poco menos. Tanta unanimidad y tanta crítica positiva me espanta, sobre todo tras haber oído voces de arriba hace un par de años, tras un Tanned Tin, insinuando un cambio de rumbo de su carrera con el timón rumbo a la popularidad. Me subleva la premeditación, lo calculado de la estrategia, y la puesta en marcha de la maquinaria de un artista cuya arma más poderosa era su modesto intimismo, ese tono acústico confidencial a buen recaudo de las artimañas de una industria cuya huida hacia delante lo hacía vulnerable a cualquier grandilocuencia trasnochada y desastrosa.
Ya en “Post-War” (4AD 2006) hace un par de años, con todo lo bueno que era –el otro día alguien me lo recordó con “Poison Cup”-, se percibían síntomas sospechosos (síntomas más palpables aún en la colaboración con Zooey Deschanel en She & Him). Sobre todo en lo acomodaticio de un sonido que ha encontrado el filón de la nostalgia. Si a mí lo que me gustaba de Matt era su mirada urbana al paisaje campechano –en “Transfiguration Of Vincent” (Matador 2003) incluso pensé que se convertiría, a remolque de la pureza de un country blues acústico sutilmente embadurnado con electrónica, en el J.J.Cale de la próxima generación-, con esa perspectiva del que está empezando a estar de vuelta de todo –como su amigo Jason Lytle de Grandaddy- pero pondrá todo su empeño en preservar lo que hay que preservar, ahora en cambio empiezo a verle como un cazador de emociones pretéritas que solo pretende revivirlas dentro de su encuadre cliché, más pendiente de hacerse un hueco aplicando las tácticas -con la variación propia de su estilo- de talentos como Chris Isaak, Marshall Crenshaw o Richard Hawley, o sea demasiado deudoras de Buddy Holly –aquí cae una versión- o Roy Orbison, que de procurar abrir nuevas vías a partir de los primeros ramales del rock & roll. Y no basta con cortar el piano juguetón tipo Chuck Berry de “To Save Me” –apoya Lytle- con un acorde del dramatismo de My Morning Jacket. Ni con reclutar a músicos de la factoría de Conor Oberst como Mike Mogis. O Peter Broderick. O Lucinda Williams para la versión de “Oh Lonesome Me” de Don Gibson. Súmenle Zooey, Adam Setzer, Mike Coykendall o Tom Hagerman y tendremos un elenco estelar capaz de ocultar la verdadera intencionalidad de estas catorce canciones cojonudas: jugar sobre seguro.