“Solía ser un tipo oscuro / luego me volví más claro / para caer de nuevo en la oscuridad”. Estos versos, que Bill Callahan parece colocar en labios del escritor James M. Cain, vienen al pelo para acotar sus últimas maniobras como cantautor. Es un truco común que utilizan algunos músicos con perfil de novelistas: diseñar un personaje, o describir uno real, para ventilar sentimientos propios. El caso es que aquellos versos incluidos en “Jim Cain”, la canción que abre el extraordinario “Sometimes I Wish We Were An Eagle”, dibujan el viaje artístico de un Bill Callahan que durante su etapa como Smog trabajó en modo críptico para encontrar después el camino de la sencillez en el primer disco firmado con su nombre, ese genial ejercicio de descompresión que fue “Woke On A Whaleheart”.

¿Significa esto que Callahan ha vuelto a enredar su estilo con disfraces metafóricos y armonías sombreadas? No exactamente. Aunque los discos de Smog rara vez bajan del notable, creo que Bill Callahan no dio con la llave maestra hasta publicar su anterior disco. Liberó tensiones. Desechó esfuerzos vanos. Encontró atajos. Valoró la sencillez. A partir de aquí tocaba crecer. Su reciente disco trabaja asimismo sobre planos sencillos, pero arriesga en varios frentes; unas veces proyectando sus historias sobre sombras y otras aceptando el juego de las palabras. En este sentido, me maravilla la ejecución de “Too Many Birds”. Con el fondo de una melodía abierta, luminosa y positiva, Callahan nos suelta un cuento sobre pájaros (¿se habrá contagiado de la mística naturalista de su novia, Joanna Newsom?) al que, mientras le buscamos una moraleja, ya nos hemos rendido ante su manera de exponerlo. Porque Callahan maneja con maestría la métrica de los versos, el tempo de las canciones, la fonética de las sílabas. Y conoce como pocos el arte de esconder las palabras y enseñarlas con suspense.

Hasta hace bien poco, las canciones de Bill Callahan se me presentaban como claves de su esquiva personalidad. Entonces descubrí que en las obras de algunos autores las certezas no tienen por qué sumar. ¿Se enamora uno de la seductora narración de “Too Many Birds” o de la metáfora que creemos que plantea? ¿Realmente una canción se relanza cuando nos convencemos de que las palabras que describen –por seguir con el ejemplo- a James M. Cain en verdad a quien desnudan es al músico? Creo que fue Bob Dylan el primer cantautor que nos hizo ver –gran osadía- que a veces no es tan importante lo que se dice sino cómo se dice.

“Sometimes I Wish We Were An Eagle” no se despide sin plantearme una duda. Frente a los arreglos más rock de su anterior disco, Callahan se ha volcado en dar una pincelada orquestal a sus canciones. Su enorme registro vocal no pierde el primer plano cuando llega la compañía de violines, vientos y pianos, pero en el tramo final del disco me come la duda. Pegado a dos composiciones ásperas e incómodas (“All Thoughts Are Prey To Some Beast” y “Invocation Of Ratiocination”), surge el repetitivo alegato ateo de “Faith / Void” a modo de epílogo. Y con él una pregunta: ¿no estará dejando la narración a merced de los arreglos? Porque Bill Callahan, como Leonard Cohen o Lou Reed, más que un excelente vocalista, es un extraordinario narrador de canciones. Así que cuando veo en “Faith / Void” cierta dejación de funciones en pos de la melodía orquestada me conjuro porque este giro estético sea simplemente un bonito broche a un disco sin igual.