Kath Bloom entró en mi vida con “Fall Again” y se instaló con “Give It Slow”. Dos canciones que parecen golpearme en la mano cuando creo encontrar ese adjetivo o metáfora que traza el recorrido del hondo desamparo que proyectan. Llevaba algún tiempo buscando la ocasión para escribir de esta extraordinaria señora de Connecticut afincada desde hace tres décadas en Florida. Creo que ese momento ha llegado, ahora que se publica un doble CD (“Love Takes This Course“) que reverencia a tan extraordinaria voz. Bill Callahan, Mark Kozelek, Josephine Foster, Scout Niblett, Meg Baird o Devendra Banhart encabezan una lista de eternos agradecidos; sus respectivas versiones vienen acompañadas del original, creándose un curioso efecto de aprendizajes y sintonías. Eso sí, no encuentro por ningún lado a Mary Margaret O’Hara, quizás quien mejor supo contener lo incontenible de aquella voz.
Kath Bloom grabó por primera vez su voz a finales de los setenta, pero para sintetizar semejante caudal de emoción me centraré simplemente en un pequeño intervalo. Estrecho el círculo entre los años 1982 y 1984, época en que el folk poco menos que era un residuo prehistórico para las revistas de música moderna. Entonces Kath Bloom publicaba sus discos con el guitarrista Loren Mazzacane Connors. De los seis que sacaron juntos subrayo cinco sobresalientes: “Round His Shoulders Gonna Be A Rainbow” (82), “Sing The Children Over” (82), “Sand In My Shoe” (83), “Restless Faithful Desperate” (84) y “Moonlight” (84). Apenas tuvieron repercusión, pero que nadie se lleve las manos a la cabeza: la tirada de cada uno de ellos no pasaba de los doscientos ejemplares. Tras estos años de creación vertiginosa y vida anónima, la alianza de Connors y Bloom terminó por diluirse. La dama tomó la decisión de marcharse con su marido a Florida para cuidar de su hijo, formar con el tiempo una familia algo más numerosa y poder vivir gracias a la restauración de casas antiguas. A menudo recibía prestaciones económicas del gobierno por promover actividades culturales con los niños, una de sus debilidades.
La generosa flexibilidad de la guitarra de Loren Mazzacane Connors engrandeció a Kath Bloom. El recorrido de su voz ya era prodigioso, pero el trazo improvisado de Connors permitió que la interpretación lo volviera incluso hasta espeluznante. Los sueños rotos, las agrias confesiones familiares y el intocable refugio de la religión irían dejando parte de su espacio a la infancia y la inocencia elegida, en unas grabaciones espontáneas de doloroso calado y luz sobrenatural. Cuando Bloom descansaba, Connors la sustituía con unos sonidos indescriptibles de feeling algo grotesco. Las canciones se retorcían creando un espectro de folk hipernaturalista. Así fluyen “Swing Low Sweet Chariot” o “Come On In My Kitchen”. Pero a medida que fueron sacando discos, esta imaginativa forma de expresión iría desapareciendo. Y el folk más rural, con sus impurezas y tosquedades, perdería protagonismo en pos de la canción íntima.
“The Breeze / My Baby Cries”, “Fall Again”, “It’s So Hard To Come”, “There Was A Boy”, “Window”, “Give It Slow”, “Baby Now” y “When I See You” es un tracklist invencible. Su voz –cariñosa, herida, vibrante- hace de finísimo bisturí que electriza los nervios al penetrar en la carne como cuchillo en la mantequilla. Una voz emocionada capaz aún de atravesar corazones de madera. Y digo “aún” porque después de veinte años ejerciendo de madre protectora, Mrs. Bloom aún mantiene la ilusión por actuar en pequeñas tarimas de Florida y regrabar algunas de sus canciones en dos discos de elegante talla: “Finally” (05) y “Terror” (08). Toda su voz sigue ahí, encerrada ahora en una celda de oro que Loren Mazzacane Connors nunca quiso para ella.