Cuando los acoples intencionados empezaron a contaminar las melodías y el noise-pop se hizo estilo, los músicos más radicales se posicionaron extremando el ruido más allá de la molestia. Ahora que el pop más inquieto ha encontrado una salida en lo exótico, un nuevo yacimiento se ha abierto a los ojos de los artistas más avanzados: acudir a la raíz del localismo y dejar que se exprese sin un escaparate delante. Siguiendo los pasos de ilustres investigadores de las raíces como Harry Smith o el clan de los Lomax, Alan Bishop (estadounidense con sangre libanesa) lleva ya seis años publicando en su sello Sublime Frequencies esa world music en estado bruto que no veremos promocionada en los medios. En su momento ya hablamos aquí de las aventuras de Alan junto a su hermano Richard al frente de Sun City Girls. Asimismo, desde hace seis años viene pulsando el REC sobre callejones de poblados africanos, karaokes tailandeses, frecuencias radiofónicas del Magreb y todo aquel foco de sonido que aún se resiste a que le busquen dueño. O destapando auténticas leyendas locales, como el sirio Omar Souleyman o el inclasificable sonido de los saharauis Group Doueh.

 

La producción de Sublime Frequencies ofrece una experiencia total: musical y visual. Bishop aplica a sus grabaciones en bruto el principio de “actuar y ejecutar”, sin permitir que las intenciones distorsionen su dinámica y minimizando el proceso de edición de sus grabaciones de campo. El resultado es un flash a menudo violento y de lo más expresivo. Un tráiler costumbrista (bullicio de mercado, algarabías nocturnas) que nos es ajeno y que cada dos por tres se ve alterado por el speech de un ensemble callejero de lo más rudimentario o por la tonadilla de un artista local cuyos derechos nadie sabe a quién pertenecen. Esto no es una postal ni es turismo de aventura; pero tampoco el sonido de una población. Estas canciones no representan a nadie. Ni le deben nada a nadie. Parecen brotar del suelo entre la maleza. Si preguntan por la industria discográfica en países musulmanes les señalaran ese local al otro lado de la carretera donde se fabrican las casetes de los artistas más populares. Las canciones del resto se las lleva el viento día tras día… a no ser que haya una grabadora que inmortalice el momento.

 

Realmente este trabajo de campo comenzó cuando Alan Bishop se marchó en 1983 a Marruecos por unos días y acabó alargando la estancia dos meses. Durante el día tocaba con músicos locales y por la noche se dedicaba a grabar todo tipo de señales radiofónicas. Moviendo el dial se creaba un curioso efecto collage en el que chocaban mantras espirituales con cánticos portuarios de espíritu libertino. Después del dial marroquí, Bishop y sus colaboradores le hincarían el diente al argelino, al indio, al de Sumatra, el tailandés, el palestino y hasta el de Pyongyang. Pero, ¿existe el pop en Corea del Norte? Pues sí, pero con un acento operístico de lo más gracioso.

 

Invito a todo el mundo a sumergirse poco a poco en estas “frecuencias sublimes”. Igual descubren en la próxima canción de Animal Collective un sonido accidental rescatado de una noche en Bali, o un ritmo acelerado a la vuelta de una esquina de Bagdad, o un mantra sobrenatural desde las calles de Lhasa. Porque las grabaciones del sello de Bishop se me antojan una fuente inagotable de estructuras, armonías y sonidos aún indescifrables para el canon de occidente. El eterno dilema de la identidad musical, que parece que sólo se va en su búsqueda cuando no es la de uno.

 

 

Cinco frecuencias sublimes:

 

“1970’s Algerian Proto-Rai Underground”; breve reseña aquí.

 

“Bush Taxi Mali: Field Recordings From Mali”: quizás la grabación más rica y armónica del lote; irresistibles los punteos de blues malí anticipando un crepúsculo soñado.

 

“Harmika Yab Yum: Folk Sounds From Nepal”: armonías ambientales que aplacan el estrés con asombrosa eficacia; a veces es difícil diferenciar entre lo manipulado y lo que surge de manera accidental.

 

“Proibidao: Forbidden Gang Funk From Rio de Janeiro”: gangsta funk desde la favela, crudísimo y violento; ¿son tambores o una descarga de ametralladora?

 

“Thai Pop Spectacular”: el karaoke aceleró la absorción del pop occidental; las niñas tailandesas imitaban a sus cantantes favoritas, hasta que la industria empezó a crear sus propios modelos de planta casi infantil.