Will Oldham se despide en el libreto que acompaña “Beware” (Domino 2009), su nuevo álbum, con un `gracias y buenas noches´. Añádase la negrura de la portada enfatizando la luz sobre su alopecia mal llevada, y tenemos unas cuantas claves para desentrañar ciertas interioridades del disco sin haber utilizado aún el oído.

 

Como casi siempre, Will se dedica al insano deporte de desnudar sus pensamientos en público, los más perversos y los no tan perversos. Juega con lo (im)preci(o)so, muestra sus dudas sin pudor –las hostias de la edad en “You Can´t Hurt Me Now”- y exhibe en el libreto su afán por utilizar la nomenclatura más apropiada –un `paradise´  tachado y corregido con un `heaven´ , `grow old´ en vez de `get old´– con tal de perfeccionar el sentimiento del mensaje. Cabalga entre lo mundano –el miedo al compromiso que lleva al machismo, y viceversa, al que se enfrentan muchas canciones- y lo celestial –pienso en la belleza country de “You Are Lost” y en la comunión que se produciría en un concierto al escucharla nosotros e interpretarla él, todos con los ojos cerrados- con las riendas tan bien cogidas que esa fiera que tiene en su interior, aunque no domesticada, queda siempre a su merced. Y mientras se pregunte –a pecho descubierto sin chaleco antibalas- cosas que todos nos preguntamos aunque nunca nos atreveríamos a hacerlo en voz alta, mientras consiga esos coros de rastro negro para hacer levitar el estribillo, mientras siga tan perdido o más que cualquier ciudadano que se deja llevar –a veces- más por la cabecita que por la cabezota –no sé cuánta cordura le restará cuando alcance la edad de Leonard Cohen-, mientras desmenuce sin perder la esperanza las entrañas de la soltería y todas sus premuras, y sobre todo mientras siga escribiendo esas historias de cariño, amor, credo, muerte y redención, podemos dormir tranquilos –es un decir tratándose de quienes no podemos conciliar el sueño fácilmente- al abrigo de la seguridad y del amparo que desprenden sus canciones.