Qué bien, pero qué bien me lo he pasado escuchando el nuevo disco de Tarántula. No sé si podré decir lo mismo dentro de un mes, aunque ahora importa bien poco. “Humildad trascendental” es el primer disco nacional para la crisis mundial. Reacción despiadada contra el zeitgeist moderno que aboga por el fusilamiento de las medias tintas, la decapitación de la nostalgia y la elevación de la ciencia-ficción, esa realidad imaginada que a menudo se hace mucho más fácil de asimilar que la que vivimos segundo a segundo. “Humildad trascendental” hace filosofía de barrio entre tragos e improperios. Chorrada y trascendencia. Rockerío y reflexión. Desprecio y esperanza. A mi hemisferio más sensible le ha conquistado el primer bloque de canciones; el otro lado, sin ningún sentido del decoro, ya está esperando el fin de semana para que alguien le saque a bailar con “La oreja” o “A la bolsa”. “Con toda la marcha” me gusta menos; la encuentro menos gracia dentro de esa verbena deslenguada enfocada para after-hours de Jägermeister.

 

Hablaba del primer bloque de canciones, dominado por gestos melódicos en continua imperfección. ¿Buscan o huyen? “Antisistema solar” se escapa hacia las estrellas con su melodía de acento futurista. “Eres un gusano” se planta en la frontera, en cualquier frontera, a ritmo de tex-mex, mientras que la preciosa “Nostalgia del futuro” no pierde la esperanza de sentir en breve “el culebreo de la posteridad”. Posteridad versus modernidad: he aquí la primera de sus batallas. Marcando territorio, Tarántula impactan dos hostias en plena cara. Brutalidad noble es lo que hay en “El mítico culo” (con coros de Joe Crepúsculo desvelando la mentira del arte). Incluso más mala leche veo en ese repaso despiadado a su ciudad llamado “Condes de Barcelona”. Creo que jamás había escuchado tanta pulla malsonante por minuto en una canción. En todo caso, una grosería intolerable (para aquellos que ejerzan la competencia de tolerar) en tiempos de higiene mental.

 

Si Tarántula fuera un grupo de la movida sería Gabinete Caligari con Germán Coppini al frente. Si fuera un grupo de la post-movida serían Los Enemigos puestos de ácido. Y si fueran un grupo de los noventa no serían ninguno. Luego hay detalles, como el comienzo de “El día que la tierra”, clavadito a “A flúor”, aunque la canción no termina de estallar como la de Derribos Arias, en plan superpop esquizofrénico. O esa improvisación total que es “Canción universal”. A ritmo de tarantela, tararean sobre la marcha una tonadilla capaz de sentar a la misma mesa a un marinero serbio, un rocker del Raval y al gran Corrado Soprano. Por tener, “Humildad Trascendental” hasta tiene su propia canción protesta del siglo veintiuno: “Un soñador”. Antes se gritaba a coro por la libertad. Ahora las mentes más claras se quedan solas clamando por la razón.

 

“Humildad Trascendental” sabe a bilis y huele a mala leche, pero al final deja un gustillo de lo más cálido y reconfortante. No es un disco urgente, sino un disco de urgencias mascado a trote pausado por los cuatro jinetes del tarantulismo. Estamos ante unos líderes de ultraminorías, inspiradores modernos de la antimodernidad, deconstructores del sentimiento y, en cualquier caso, ejemplo de lo que nunca deben ser sus hijos si quieren ser algo en la vida. Al menos, en esta vida. Uno, humilde y trascendental, se quita el sombrero, invita a la penúltima ronda y, al son del “Vals de las mariposas”, hinca la rodilla si incluso hiciera hasta falta.