Cuando uno de tus artistas favoritos publica un nuevo trabajo, siempre te entra un cosquilleo, mezcla de exaltación y temor, e incluso procuras buscar un momento adecuado para enfrentarte a él. He tenido tres meses para escuchar “Noble Beast” (Bella Union 2009) de Andrew Bird pero, unas cuantas intentonas a salto de mata aparte, necesitaba encontrar el marco idóneo. Un viaje próximo de pronto me ofrecía la posibilidad de degustarlo en condiciones óptimas.

 

Y aquí estoy, sentado en el porche de mi cabaña en una mañana de nublado frondoso tropical, cuando la naturaleza se exhibe impúdica tras la lluvia en una danza malabar entre vida y eternidad. Estoy en este tramo vital de cualquier buen álbum –y “Noble Beast” sin duda lo es-, la segunda canción tras el aperitivo frugal de salida. Andrew, Andrés, tiene la elegancia de un gran regate de Iniesta, otro Andrés. Andrés Pájaro. Tiene plasticidad y pegada. Arranca “Masterswarm” con el intimismo del folk británico para, al cabo del primer minuto de los seis de duración, virar a un ritmo cálido desde donde despega su violín volando hacia lo más alto del cielo, allí, cerca de las puertas del paraíso. El verde de las plantas ruge, quiere mostrarme todos sus matices, pero depende de un sol que aún duda en imponer su ley o esconderse tras cualquier otra nube que descargue, para gozo de toda la flora local.

 

Lo que me fascina de Andrew es su pretensión inconclusa –en eso se parece a Will Johnson– de sonar culto, tecnócrata y científico, cuando lo que en realidad ofrece es de lo más humano y tierno. Arreglos, ritmos y textos parecen concebidos para ensalzar el apego por la ciencia, aunque nunca para alzarse con prepotencia sobre el oyente. Este punto de matemática cediendo ante la sensibilidad que pugna por escaparse de la lógica digital, como un intento de hablar de amor a través de la ciencia, proyecta la sensación de estar escuchando música del siglo XXI emperrada en respetar ancestros a través de violín y silbidos. Como cuando nuestros logaritmos se ponen en marcha apresurados gritando todos a una –¡¡neperiano el último!!- mientras intentan conectar razón y corazón. Hay tantos momentos impagables en este álbum, tantos calificativos para adosar a los títulos –el optimismo de “Fitz And The Dizzyspells”, la fragilidad de “Effigy”, las raíces de “Natural Disaster”, el paisajismo de “Privateers”– que no queda más remedio que recurrir a la manida sentencia de encontrarse ante uno de los discos del año. Aunque erudita, belleza extrema.

 

Menos accesible es el álbum de acompañamiento “Useless Creatures” de la edición especial. Aquí aparece la versión investigadora de Bird, la del violinista que deja de lado la voz de arcángel para hacer prospecciones con su instrumento. Hurga en Asia –“You Woke Me Up!” y “Hot Math”-, en América Latina –“Nyatiti”-, no se arredra ante el exceso de minutaje –los casi diez minutos de “The Barn tapes” y “Carrion Suite”– en un viaje que mezcla lo ensoñador con lo inquietante: lamento estremecedor el de “Dissent”, oda envolvente la de “Sigh Master”. Pero siempre, repito, como el otro Andrés, con esa elegancia exquisita que podremos disfrutar el próximo jueves 28 en el Primavera Sound.