No era más que un mocoso cuando montó un club de fans y se pagó un billete a Nueva York para tocar a sus ídolos. De vuelta a Los Angeles conoció a un tipo de mala vida. En la misma costa californiana le presentaron a la pareja basura. Ya con un par de trajes en el ropero, Berlín le oyó cantar por primera vez con una banda que vivía a la sombra de Einstürzende Neubauten. A uno de ellos le había conocido en Londres, donde tuvo que engordar su fondo de armario para no desentonar en otra imponente formación que le dio una oportunidad de postín. Hablo de un apache-mexicano nacido Brian Tristan, un nómada del rock que siempre buscó la mejor sombra, ya se llamara Nick Cave, The Cramps, Jeffrey Lee Pierce, Ramones, Die Haut o Lydia Lunch. Coloquen cada nombre en su ciudad correspondiente y tendrán un historial de lo más desordenado de Kid Congo Powers.

Con The Pink Monkey Birds (su actual banda) rompió de una vez su tendencia a trabajar con los amigos del pasado. A todos ellos ya les había robado un pedacito de alma para hacerse como músico; a todos menos a uno, del cual agarró todo el espíritu entero. De aquellas temporadas interrumpidas y retomadas con The Gun Club aprendió a medir los riesgos y a forjarse sus matices. Alguna vez lo he comentado: una de mis formaciones favoritas del rock coincidió con el paso de Patricia Morrison por la banda del dislocado Jeffrey Lee Pierce. Allí se manifestaban tres rotundas maneras de entender el rock: a través del hígado de Pierce, del impacto gótico de Morrison y del glamour mestizo de Kid Congo Powers. Sexy rock.

El reciente “Dracula Boots” me seduce aún más que “Philosophy And Underwear”, publicado cuatro años atrás. Quizás aún le falte una murder ballad definitiva para gozar del prestigio de antiguos compañeros en los Bad Seeds, aunque ese talante de bon vivant callejero no se lo quita ni dios. Su voz nasal le hace único; y su poderoso grave (pero no intimidatorio) le da un plus de seducción que equilibra su curioso rostro apache. Sus canciones parecen citar a Lee Hazlewood en el Lower East Side. O rebajar la testosterona un par de grados a Jon Spencer. O poner un punto de lascivia a Barry Adamson. O quitarle los libros y la vanidad a Tom Verlaine. O modernizar a Link Wray. O dejar a Richard Hell sin su generación hueca. Apunto un nuevo dato en su última entrega: ¿es “Dracula Boots” su Rocky Horror Picture Show? Sexy sexy rock.

Compositor tardío, Kid Congo Powers perteneció a la generación de la heroína, la misma que vio a sus amigos despedirse con el SIDA. Puede que esto empape un danger rock desde una posición ahora más experimentada. Y aunque su último disco debe respeto a los grandes (desde Bo Diddley a Screamin’ Jay Hawkins) la nostalgia no está en su vocabulario. Por este torrente de rock vivo discurren serpientes pitones arrastrándose entre sílabas, órganos demoledores, baladas perversas, climas fantasmagóricos, rock’n’roll resurgiendo de su descomposición y hasta un funk espectral de apellido blaxploitation. Sexy sexy sexy rock.