“II” (Eskimo, 2009), es la continuación al proyecto que los dos jóvenes músicos noruegos empezaron allá por el 2004 con “Further Into the Future”, publicado por el sello del primero, Feedelity, y que les lanzó un año más tarde a sacar su primer álbum después de la gran acogida que tuvieron sus primeros 12”. Los dos tienen carreras similares, Prins Thomas creó también sus propios sellos discográficos para plasmar su música y la de sus amigos, que no son pocos: Full Pupp, especializado en balearic y nu-disco e Internasjonal, label aún más espacial. Por su parte, Hans Peter Lindstrom es ya toda una referencia en la electrónica moderna, el año pasado publicó el aclamado “Where You Go, I Go Too” donde daba rienda suelta a su pasión por Giorgio Moroder, sus tempos galácticos y un semi abrazo melódico a Vangelis.

 

En 2009 la tortilla ha dado otra vuelta más, cayendo del lado de la psicodélia más suave y orgánica, la que sugiere amaneceres soleados a la vera del mar mediterráneo, una sinfonía electrónica sydbarretiana cocinada a fuego lento, muy lento, casi parado, pero nunca estático. Aquí pasan muchas cosas. 110 bpm pueden dar mucho de sí con una cocción adecuada, pianos cálidos, guitarra española y maravillosos arreglos con cuerdas apaisadas, las que envuelven los 8 temas del disco. Propongo ahora mismo “For Ett Slikk Og Ingenting” para canción del año. Hacía tiempo que algo que en parte me recuerda a Andreas Vollenweider no me emociona de la manera que lo ha hecho. Bellísima composición.

 

El ideario del dúo sigue su cauce, condicionado ahora por la moda que está empujando a los consumidores a mirar atrás después de muchos años sin hacerlo, cuando el techno hervía en toda Europa, cuando implicaba riesgo y aquello de “música avanzada” nos taladraba la cabeza incesantemente, pensando que sólo se podía andar hacia delante y que cualquier paso atrás era la negación de los hechos, la defunción de lo contemporáneo, la vuelta a la caverna. Convertir eso en rutina certificó en gran medida la debacle. Las cenizas ya carbonizadas del minimal, el fin del mandato teutón (momento bajísimo de Kompakt y paralelos), y el apagón generalizado en el techno –americano y europeo- han hecho reverdecer una parte que casi teníamos olvidada de la música electrónica y que nos pertenece mayormente. Sí: el balearic beat es nuestro, nació en España. Que nadie me malinterprete, pero estamos en un momento de escasez de ideas generalizado. Sin Basic Channels que recuperar, sin un líder espiritual tipo Mr. Fingers o Maurizio, filosófico a lo Richie Hawtin, a lo Derrick May, sin grandes hazañas –Burial y Kode 9 comen aparte, en un callejón casi sin salida- que rescatar de nuestra memoria reciente y con nubarrones delante del parabrisas. La música electrónica cayó en la autocomplacencia demasiado pronto, así como los que la pinchan. Pero ese es otro tema.

 

Aquella magnífica idea que el ignorado dj argentino Alfredo Fiorillo -del que me declaro fan absoluto desde que respiro- lanzó al mundo entero acurrucado en su cabina y bajo centenares de vinilos de Woodentops, Larry Heard, Fleetwood Mac, King Tubby o Happy Mondays en la isla de Ibiza a principios de los años 80 y que inevitablemente fue engullida por la mercadotecnia inglesa a finales de ésa misma década, es reconocida finalmente como el principio de la música electrónica de baile europea. Porque no se puede entender un disco como éste sin pasar por Ibiza y su constante y camaleónico regurgitar juvenil. Los ritmos cósmicos brotan con fuerza curiosamente desde los glaciares más fríos e inhóspitos, un desafío para la plebe tecnócrata, muy poco habituada a estos menesteres, un reto para los que vivimos en el sur de Europa, los de la supuesta sangre cálida y que nos hemos tirado bailando 20 años lo que otros han creado en sus estudios de Amberes, Londres, Colonia o París. El revival del balearic beat pasa por uno de sus mejores momentos gracias a señores como Lindstrom y Prins Thomas. Y que dure.