No me hablen de mudanzas. He sufrido ocho en los últimos diez años y hace ya un tiempo que valoro la idea de perder un amigo antes que ayudarle a empaquetar cientos de discos de los que ya ni se acuerda o ponerme a hacer ejercicio físico bajando y subiendo cajas en fincas sin ascensor. A la hora de mudar hogar, tampoco es que tenga excesiva fortuna encontrándome objetos que creía perdidos ni encuentro cartas que jamás escribí en el cajón de los trastos que tampoco poseo. Será el coste de la ausencia de romanticismo, supongo. Pero si he de ser sincero, en mi último traslado me encontré con una más que agradable sorpresa. Decidido a soltar lastre, me animé a echar de mi vida los dos enormes bultos que contenían las casetes que los amigos me fueron grabando con los discos que perseguía y que nunca llegué a ver. Me encantaba seguir a través de tiendas y ferias el rastro invisible de aquellas quimeras musicales.

Una de esas grabaciones era “Paso hambre”, el primer (¿y único?) single de Neo Zelanda. Estaba añadido como relleno de otra grabación nacional mítica y oscura, “Dark Fields”, de T (cortesía de Anki Toner –entonces cantante de Superlevis- un fin de semana que me invitó a su casa barcelonesa). No tengo muy claro cómo llegó aquel single hasta ahí. Apostaría que fue a través de uno de los personajes más singulares que se han cruzado en mi vida. Se llama Pedro Otero. Se bautizó ExFuralita. Escribió una pieza preciosa sobre Poch en el que entonces era mi fanzine. Tenía una editora de casetes llamada El Legado Intimo que le trajo no pocos quebraderos de cabeza. En un momento dado huyó hacia el norte pero para entonces ya me había pasado a cinta magnética algunas de las grabaciones más extrañas del pop español que casi nadie poseía y que él guardaba en su casa-museo de las afueras de Madrid.

Hace exactamente un año y medio me reencontré con “Paso hambre”. Volví a sentir la misma incómoda sensación, la misma atracción malsana que me empujaba hacia unos labios retorcidos en lo que era una magnífica mueca expresionista. Aquel grito de auxilio sostenido sin ayuda de música estaba construido de la manera más rudimentaria posible: un magnetófono grabando una voz, unos dedos curiosos manipulando la velocidad y la técnica de corta y pega intentando dar sentido a aquella extravagancia. Este espectro de su tiempo -al que se le ven las costuras a cada segundo- no disimula sus trucos ni esconde tras de sí el espejo convexo con que deforma sus palabras. Ahí radica parte de su encanto. Puede que alguien no familiarizado con esta manera tan primitiva de experimentar no vea en esto más que una chorrada cutre, pero tras tanto oír que la música envejece o rejuvenece, debo decir que aquel single aún mantiene la misma línea de artefacto primario y misterioso que entonces ya poseía. Siempre me acuerdo de Pascal Comelade cuando digo que hay canciones para las que el tiempo ni pasa ni se detiene. Tampoco para la cara B (“Francés básico”) de este single, que me recuerda horrores a “Echo Poeme Sequence nº 2”, compuesta por Nurse With Wound con la mente revoloteando sobre “El año pasado en Marienbad”, la tesis sobre el paso del tiempo que filmó Alain Resnais.

He estado buscando a Ani Zinc, la chica que un día se disfrazó de Neo Zelanda, hizo un monumento al grito y luego desapareció. He contactado con dos amigos que creía cercanos a ella, pero ninguno de los dos se animó a seguir sus huellas. Quiero decirle hola. Quiero saber si aún pasa hambre.